En el marco del doloroso y cruento éxodo de la gente de Artigas (S.XIX) ante la ocupación de los realistas, una esclava negra queda sola con su pequeño hijo y abandonada a su suerte en una casona cuyos amos han partido a Río de Janeiro, como parten los que pueden, hasta que lo malo pase…

Y cabe en este “abandono a su suerte” continuar con más de lo mismo: cuidar la casa, esperar una señal.

Estrella es su nombre. Estrella, la que debe brillar, aún en el ocaso. Estrella: negra, pobre, esclava, sola. Mujer.

En el círculo que la recorta del mundo metafórica y literalmente -porque ha quedado como en una balsa quieta y sin rumbo- Emma Burgos le da vida a esta negra que sólo tiene su fe como esperanza y escudo. Una fe que campea entre el instinto de libertad, proyectado en la figura de Artigas, y lo que ha aprendido a fuerza de sumisión: la posible benevolencia de la Virgen, San Benito y San Baltasar, tríada fría, indiferente y sorda. El deseo sabio y animal enfrentado a la cultura del sometimiento. El ser… el deber del ser.

Desde ese cerco redondo que recuerda las jaulas en las que encierran a las bestias -acierto indudable de una puesta que hace honor a eso de que “menos, es más”- Estrella busca, cavila, duda y proyecta. Y el aro de luz blanca -también en lo blanco hay una violencia, escribe Paco Umbral- se torna un mundo merced al bellísimo texto que, gracias a la carnadura de esta extraordinaria actriz nos lleva a las fiestas de guardar, al campamento de Artigas en las afueras de la ciudad, al claustro del impiadoso cura, a la soledad de la deriva cuando todo lo que puede suceder, está pasando demasiado lejos.

Aquí, la microhistoria, a partir de la tragedia incesante y cotidiana de una mujer sola con su hijo, da cuenta de la macro historia política y social de manera soberbia. Aquí se relata lo que pasó y que aprendimos en los libros de la Historia (con mayúscula) a través de uno de esos personajes que han sido ignorados por los letrados como esos nadies que retrata Galeano, los que “cuestan menos que la bala que los mata”, o que el hambre que los crucifica.

Aquí, sin estridencias ni relatos abrumadores, asistimos -en esta conjunción de bellísimo libro, inmejorable actuación y sabia dirección que ha logrado lo mejor- al destino de los que fueron quedando en el camino para que hoy, para bien o para mal, la realidad sea la que es. Una realidad con muchas deudas, muchas aún, reeditadas en los días que corren, porque el dolor y la injusticia, que datan de tiempo atrás, también son moneda corriente que ignoramos.

Teatro impecable. Estrella negra emociona, brilla.

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