Ham, de Shakespeare y Marcelo Marán

Teatrar es tal vez soñar de Gabriel Cabrejas

Todo artista de teatro sueña un Shakespeare: le teme y lo desea como un tabú peligroso y bello donde derramarse con arrogancia y humildad a un mismo tiempo, a sabiendas de que le reprocharán el atrevimiento y también se explayará libremente. Siempre será su parodia, seria o cómica, de tan inalcanzable, y siempre se permitirá faltarle rendidamente el respeto, como parte del inconsciente colectivo del teatro, como una pertenencia íntima indistinguible de nacionalidad, un adn cultural que puede olvidarse y sin embargo aparece en la memoria como si se lo hubiera vivido. Al individualizarse en un nuevo director-adaptador, éste hará su propio Cisne de Avón, nueva vuelta de la cadena de la identidad humana libre de culpa, crimen impune de lesa creación destinado a enriquecer nuestra herencia de teatristas.

A Marcelo Marán, ya convertido en un clásico urbano-marplatense, no le eran, asimismo, ajenos los clásicos, alguna vez arriesgado a imaginar una Antígona en la villa 11-14, otra vez reciclado él mismo por uno de sus actores en los Suicidas sobre una cornisa; sólo las reposiciones legitiman a un autor, ya que a otros se les ocurrió rehabitarlo desde otra mirada en un tiempo otro.

Decir que una puesta es extraordinaria no es elogio, precisamente. Es decir que está fuera de lo común visto y oído en Mar del Plata, al menos hasta cuando la memoria abarque. Casi clandestina, la travesía (literal) a través del espacio La Cueva, cada lugar un acto de Hamlet, desafía la historia, moviliza espectadores y actores/actrices, derrama imágenes y efectos, oscurece e ilumina, y, además, logra lo inesperado. Todo el mundo conoce casi de memoria a Hamlet, ¿se podrá hacer algo nuevo con un texto infinitamente visitado, algo que nos descoloque y produzca una mutación en la escala hasta encontrar a quien no fuimos a buscar?

Ham es una meta-obra, tan difícil de clasificar que escapa no sólo a su texto madre, sino a la concepción de eso llamado teatro. Se trata de una experiencia sensorial, una aventura interactiva, que no se parece al turismo extremo de la Fura dels Baus pero le debe la invitación, pues el espectador participa desde antes del comienzo propiamente dicho, en su celular. Al aceptar el convite, el público empieza a actuar, y luego, a determinada hora, ingresa a la sala. Se nos informa a través de las redes y nuestro WhatsApp que el autor, Lucas Benet, fue asesinado luego de suponerse un suicidio. Desorienta, y extraños remitentes se nos intrusan en el móvil, empezando por una fiscal Molina (sic), con una causa por homicidio, sitios de Youtube y sospechas acerca del probable asesino, la suplantación del director muerto, y la solicitud a los partícipes (nosotres) para que contribuyamos enviando hipótesis, imagen y voz mediante. La primera media hora de desarrollo combinará la discusión sobre el compañero fallecido y el discurso shakespereano, el Hamlet real y la versión metateatral dentro de la escena, con los intérpretes involucrados en el pugilato sobre el crimen. Es verdad, al terminar la obra, notamos la poca imbricación de estos agregados a la tragedia original, algo que no termina de coagularse y tiende a complicar la lectura. Pero no importa en lo esencial: dijimos, estamos ante una experiencia y se bebe, se respira más que mirarse.

Al grupo, notoriamente entregado a intensas sesiones preparatorias, físicas y actorales, para alcanzar semejante grado de eficacia y exactitud, no le interesa nada ganar dinero ni premios: ni siquiera pasan la famosa gorra a pesar de que los espectadores consumimos un sándwich y una copa de vino o gaseosa antes de sentarnos a presenciar el primer ¿acto? El sueño de salir transformados de una puesta dramática se cumple absolutamente. Uno no sabe bien qué pasó, pero regresa a la calle convencido de haber vivido una noche de representación única. Muñecos en vez de fantasmas, ruido ambiente, una bolsa de plástico gigante capaz de hincharse y empujar la cara de los presentes —nos sentamos en cubos de madera numerados y debemos, a nuestro turno, llevarlos con nosotres y reubicarnos en la siguiente escena, en otro set especialmente acondicionado. Bandejas de metal, cadenas de carnicería, una pértiga para arrojar a Ofelia a una pileta de lona, el andamiaje de caños y los actores trepando, una rueda-escenario como una máquina de tortura, y lx actor/actriz-pianista en vivo.  No nos reponemos de la brutal distribución de un diálogo y ya somos arrojados a la ferocidad del próximo, a su humor malévolo, a la simbología disparada y el estallido renovado de la propuesta sonora y visual. Ham tiene un guión fílmico (Javier Pera y Julián Gil), un guión trasmedia (Fabián Pensel), diseños de sonido, escenografía, luces y vestuario —y no simplemente sonidista, escenógrafo, iluminador, vestuarista— el encargado de las redes sociales, el especialista en articular la web, la artesanía en muñecos, el conjunto entero abocado a los fx. La Cueva también consiste en una compañía multicapacitada en compartir los rubros técnicos y creativos según la mejor tradición del teatro independiente, acostumbrada a trabajar juntxs, desbordante de la pasión absurda y comprometida del juego escénico. Destacar a Magui Monroe en casi todas las latitudes mencionadas, una co-directora virtual, integradora, y actuante en cada elemento, empoderada de su propio genio (¿podría llamarse de otra manera?) se vuelve necesario. Ella, sola, abriría un futuro inverosímil. Pera, Marán, Gil, Cielito Fernández, Agustina Villarreal, Miguel Salgado, reaparecen de oficio en varias responsabilidades. Y, lógicamente, también actúan.

Hay algunos detalles quizás reprochables: la excesiva oscuridad tiende a confundir, para nosotres como público, a lxs actores/actrices, y no sabemos si existió la voluntad de no diferenciarlxs, sobre todo al sector masculino. La extensión temporal puede ser un problema, considerando la incomodidad de las cajas que sirven de asiento. En ese sentido, Ham debiera verse dos veces, una vez superada la primera, inefable, impresión. Pero la obra atravesó el difícil verano de pandemia respetando a rajatabla los protocolos, la separación en burbujas, la observancia del barbijo. Y su hipnótica belleza borra sus decisiones erróneas.

Nuestro teatro puede ser decepcionante, trillado, simplista, cansador. Y de pronto, sube Ham a la superficie y no quedan suficientes palabras para explicarlo. No extraña saber que detrás, y delante, haya un señor llamado Marcelo Marán, puestista y director de actores/actrices. Y su grupo incomparable. Ojalá sigan juntxs.

 

Gabriel Cabrejas

Marzo 2021

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