LA MEZCLADORA

«Inocencio, no se niegue a la felicidad. Podemos volver a abrir la fábrica, formar un hogar, plantar un árbol, escribir un libro, rellenar un bombón…»

Marcelo Marán

«LA MEZCLADORA»

de Marcelo Marán

 

PERSONAJES:

                             INOCENCIO

                             SIERRA

                             TORDO

                             ELIZABETH

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(En lo que parece ser una fábrica abandonada de cualquier lugar del país)

INOCENCIO:

Yo me voy. No puedo esperar más.

SIERRA:

(Siempre masticando algo)

No te preocupés, Inocencio. Estate tranquilo.

INOCENCIO:

Ya tendría que estar acá, Sierra.

SIERRA:

Esperamos dos años…

INOCENCIO:

Mi gente no quiere esperar más. Salgo y les digo que tomen la fábrica, con o sin consentimiento de la patronal.

SIERRA:

¿Quién organizó la reunión?

INOCENCIO:

Vos. Y eso es lo que me tiene mal.

SIERRA:

Papi, organizó la reunión. ¿Y cuándo falló, Papi?

INOCENCIO:

En el 72 ¿Te acordás?

SIERRA:

¡Ezeiza! ¡Cómo para no acordarme!

INOCENCIO:

Un día de lluvia. El avión…

SIERRA:

De Alitalia, Giussepi Verdi, se llamaba.

INOCENCIO:

Cuando tocó la pista levantó una ola de agua. Y estabamos todos ahí esperando al General.

SIERRA:

Todos.

INOCENCIO:

Todos, menos vos…

Que justo llegaste, ¡oh, sorpresa! cuando todo el quilombo había terminado.

 

SIERRA:

Ingesta gastronómica.

INOCENCIO:

(Imitándolo)

“Perdonen compañeros, me morfé treinta huevos fritos”, dijiste.

SIERRA:

Higado cipayo.

INOCENCIO:

Después, cuando los radicales, la  huelga de las 36 horas…

SIERRA:

No pasaban más…

INOCENCIO:

“No pasaban más”

¡No llegaste más! Nunca llegaste.

SIERRA:

Problema erótico-técnico.

INOCENCIO:

“Perdonen, compañeros, me enganche la punta del bicho con el cierre relámpago” , dijiste.

SIERRA:

¡Qué mina, la Dolly!

INOCENCIO:

La Dolly, pobrecita.

Empezó a trabajar en el Sindicato bajo juramento.

SIERRA:

Juramento de lealtad.

INOCENCIO:

Juramento de no deschavarte con tu mujer, sino, se quedaba en la calle.

Y todavía querés que te creamos, Sierra.

SIERRA:

Hocicadas de torazo en el rodeo.

Por lo menos no soy como otros.

INOCENCIO:

¿Qué querés decir con eso?

SIERRA:

Vos sos pecho frío.

INOCENCIO:

¿Cómo?

SIERRA:

(Lo repite rápido)

Pecho frío.

INOCENCIO:

Mirá, Sierra.

Ambos amagan extraer un arma que nunca llegan a sacar.

INOCENCIO:

Me han dicho muchas cosas en la vida, pero nunca…

SIERRA:

¡Pecho frío! ¡Pecho frío! ¡Pecho frío!

INOCENCIO:

¡Esta bien! ¡Pecho frío!

Ponete de espaldas.

SIERRA:

(Trágico)

¿Qué? ¿Me vas a fusilar?

INOCENCIO:

Espalda con espalda.

Cuenta regresiva.

SIERRA:

¿Cantidad de pasos?

INOCENCIO:

(Descolocado)

¿Eh?… Doce…

SIERRA:

Pero, pelotudo, ¿Qué es esto? ¿Un duelo o un penal?

INOCENCIO:

Esta bien. A treinta pasos.

SIERRA:

(Comienza a demostrar miedo)

¿Quién gana?

INOCENCIO:

El mejor de tres.

SIERRA:

¿Y si te primereo y te mato del primer disparo?. Tiro único.

INOCENCIO:

Es el mejor de tres.

SIERRA:

¿Y qué hago con las otras dos balas?

INOCENCIO:

¡Te las metés en el culo! ¡Te las metés!

Vení, apoya la espalda, vamos a ver quién tiene el pecho más frío.

¿Listo?

SIERRA:

(Muerto de miedo)

Estás a tiempo de recapacitar.

Sé perdonar.

INOCENCIO:

La suerte está echada.

Comienza el conteo. Los brazos en jarra, como los vaqueros de las películas americanas, pero sin arma alguna.

¡Uno!

SIERRA:

(Canta)

…busca lleno de esperanzas…

INOCENCIO:

¡Dos!

SIERRA:

(Idem)

…corazones,  quisiera tener.

Como las manos, los ojos, los pies…

INOCENCIO:

¡Tres!

SIERRA:

Tres tigres comen trigo…

INOCENCIO:

(Se para en seco)

¿Vas a hacer una rimita con cada paso?

SIERRA:

¡Qué joder! Estoy por entregar mi sangre obrera y no me asiste siquiera el derecho como trabajador…

INOCENCIO:

¡Sierra! ¿Cuándo laburaste, vos?

SIERRA:

¡Ah! ¡Sanseacabó!

Sacá el chumbo, mierda, porque ya mismo  te vuelo la tapa de los sesos, esos.

(De nuevo se amagan mutuamente sin sacar ningún arma. Entra el Tordo. Abogado de la empresa.)

TORDO:

Pero, ¿Qué cuernos está pasando acá?

¿A qué viene esa vocinglera altisonante? ¡Carajo! ¡Che!

SIERRA:

Tordo, ha caído del cielo. Le ha salvado la vida a este carnero, ya lo degollaba con mi daga.

TORDO:

¿Usa daga?

SIERRA:

Formas de decir, Tordo.

TORDO:

¡Ah! Figuradamente. ¿Y cuál fue el inició de la reyerta? Si se puede saber, che.

INOCENCIO:

Cosas nuestras, que no le interesan al buchón de la patronal.

TORDO:

¡A la pelotita! Parece que el muchacho está suelto de boca.

SIERRA:

Déjemelo a mi, Tordo. Déjemelo a mi.

(A Inocencio)

¿Vos sabés con quién estás hablando?

INOCENCIO:

Con el cuervo de los jefes.

SIERRA:

Sabe.

INOCENCIO:

Y  vine acá para hablar con ella…

(A Sierra)

Y vos me bolaceaste. Otra vez más.

SIERRA:

No te mentí. Ella va a venir. Pero primero tenés que hablar con el Doctor.

O te creés que ella te va a recibir, así porque si.

INOCENCIO:

Y por qué no habría de hacerlo. Ya no son patrones de nada. Esta fábrica está absolutamente fundida.

SIERRA:

Además, ni te juna, Inocencio.

INOCENCIO:

Sí, que me juna.

Ella vino, te acordás, cuando se puso en marcha aquella máquina.

Esa vez, vino.

SIERRA:

Estuvo cinco minutos.

INOCENCIO:

Fueron eternos. Tenía el pelo vaporoso.

Hay una actriz que lo tiene así.

SIERRA:

¡Una actriz! Vos lo dijiste. Peluquería. Afeites. Todo falso.

INOCENCIO:

¡No! Olía a… No sé. En mi vida, Sierra, en mi vida volví a oler un perfume tan rico.

SIERRA:

Perfumería. Aromas mentirosos.

INOCENCIO:

Y ese andar. Eso no se miente, ni se compra, ni se falsea.

SIERRA:

¡Epa! Parece que estuviste de paritarias.

INOCENCIO:

¿Te acordás ?¿Qué habrán sido? ¿Cinco? ¿Diez minutos?

SIERRA:

Cinco.

Puso en marcha la mezcladora.

INOCENCIO:

Caminó desde allá.

SIERRA:

Desde donde estaba la cinta mecánica repleta de chocolate hidrogenado.

INOCENCIO:

Cruzó el salón como quién traspasa la siberia.

SIERRA:

Se acercó a la máquina reluciente…

INOCENCIO:

…reluciente…

SIERRA:

…hermosa…

INOCENCIO:

…hermosa…

SIERRA:

…nueva…

INOCENCIO:

…nuev… ¿Pero de quién hablás, vos?

SIERRA:

De la máquina.

INOCENCIO:

¡Bah! Ella era la que  estaba reluciente, hermosa… bella.

“Tuputí, tuputí, tuputí” hacía la máquina.

Y ella “baranguén”, “baranguén”, “baranguén” movía el cuerpo de un lado al otro.

SIERRA:

Tuputi… baranguén…

INOCENCIO:

Y cuando pasó a mi lado…

SIERRA:

Tuputi… baranguén…

INOCENCIO:

Y cuando pasó a mi lado…

SIERRA:

Tuputí… baranguén…

INOCENCIO:

¡Bajó la vista!

SIERRA:

Tuputi,tuputi,tuput…  tup tup tup…

INOCENCIO:

¿Y ahora?

SIERRA:

Se paró la máquina.

Eso fue exactamente hace treinta años.

INOCENCIO:

Por eso, ya no hay máquina, ya no hay fábrica, ya no hay patrón.

SIERRA:

Siguen siendo los patrones, o no sabés que nunca se deja de ser patrón.

INOCENCIO:

Como nunca se deja de ser obrero, de ser trancero o de ser garca.

(En alusión a Sierra y luego al Tordo)

TORDO:

Esto es intolerable. No voy a permitir que se me vapulee de esta manera. Pensar que con la sangre de los Mendoza Campo se hizo la flor y nata de este país.

INOCENCIO:

Más que nata, lo hicieron crema. ¡Linda gentuza de abolengo!

TORDO:

No voy a admitir, che, ni un epíteto más de este desesperado.

SIERRA:

Inocencio, vos mismo pediste esta reunión.

INOCENCIO:

Con el dueño del circo, no con el mono.

SIERRA:

Sabés como son estas cosas. ¿O acaso no querés que se ponga en funcionamiento de nuevo la fábrica?

INOCENCIO:

Si.

SIERRA:

Y bueno, viejo, calmate un poco y dialoguemos.

INOCENCIO:

¿Dónde está ella?

SIERRA:

Doctor, el compañero trabajador pregunta por la ubicación física de la poseedora de los bienes muebles e inmuebles de este establecimiento caído en default.

TORDO:

¿Qué dice, che?

INOCENCIO:

¡La dueña! ¿Dónde está la dueña?

La reunión era con ella.

TORDO:

¡Ah! Elizabeth de Speleta, la propietaria. Si, si, si ,si, debe estar al caer. Pero antes podríamos cocinar algunas cosas.

INOCENCIO:

No tengo hambre.

TORDO:

(Llamando aparte a Sierra)

Pero, este muchacho es pelotudo o se hace el pelotudo, che.

SIERRA:

(Señas de hacerse cargo)

¡Inocencio!

INOCENCIO:

¿Qué querés, Sierra?

SIERRA:

El Tordo ofrece que piquemos algo.

¿Me entendés?

INOCENCIO:

No tengo hambre, tengo el estómago cerrado. No tengo hambre.

SIERRA:

No, no caíste.

El Tordo ofrece un pedazo de la torta.

INOCENCIO:

¡No quiero!

¡No-quie-ro! Y menos torta.

SIERRA:

La cuestión, compañero, es masticarnos una parte.

INOCENCIO:

Te dije que tengo el estómago…

TORDO:

Mire, m´hijo. ¿Sabe lo que es una cometa?

INOCENCIO:

Un barrilete.

TORDO:

¿El diego?

INOCENCIO:

Maradona

TORDO:

¿El ana ana?

INOCENCIO:

Una fruta

TORDO:

¿Usted?

INOCENCIO:

¿Yo?

TORDO:

¡Un pelotudo!

INOCENCIO:

No le permito.

Amagan todos a extraer un arma de fuego, sin llegar a sacarla.

TORDO:

Terminemos con esto. Te voy a volar la tapa de los sesos, esos.

INOCENCIO:

No te olvidés que estoy armado.

(Entra Elizabeth de Speleta, es una mujer de unos sesenta años pero muy desmejorada. Parece una actriz de Holliwood venida a menos, además se maneja con un bastón de tres patas que utiliza para hacer espiritismo y comunicarse con su marido muerto)

ELIZABETH:

¡Alto! ¿Qué es esta locura?

INOCENCIO:

¡No se meta abuela!

Puede salir herida.

ELIZABETH:

¿Abuela? ¿A mi me ha dicho abuela?

SIERRA:

¡Cagamos!

(A Inocencio)

Es ella, animal.

(A Elizabeth)

Señora Elizabeth, este hombre no la vió bien. Mil perdones.

TORDO:

¡Señora Elizabeth! Mil condones y mis perdonencias.

ELIZABETH:

¿Cómo?

TORDO:

Digo, mil perdones y mis  condolencias.

ELIZABETH:

(Falso llanto muy breve y recomposición inmediata)

Ya fue.

INOCENCIO:

(Aparte a Sierra)

¿Quién murió?

ELIZABETH:

(Que lo ha escuchado)

Mi marido. El señor Speleta.

(Falso llanto brevísimo que se repetirá cada vez que se lo nombre)

INOCENCIO:

Pero, si eso fue hace como quince años.

TORDO:

La Señora aún no se repone.

INOCENCIO:

¿Usted? ¿Usted, es Elizabeth?

La de los cinco minutos.

TORDO:

La de los cinco minutos

INOCENCIO:

(Aparte a Sierra)

Los cinco minutos se hicieron cinco siglos.

ELIZABETH:

Soy la flor que fui.

INOCENCIO:

(Aparte a Sierra)

Hay que cambiarle el agua al florero.

SIERRA:

Hace instantes, Señora de Speleta, sin ir más lejos, recordábamos cuando usted vino aquí.

ELIZABETH:

¿Yo?

SIERRA:

Si, y encendió la mezcladora…

ELIZABETH:

¿Yo?

INOCENCIO:

(Perdido en el recuerdo)

La del tuputituputi…

ELIZABETH:

¿Yo?

SIERRA:

Baranguén… baranguén…

ELIZABETH:

¿Yo?

TODOS:

(Al unísono)

Creo que todos soñamos con hacerle el amor alguna vez.

ELIZABETH:

¿Yo?

TODOS:

¡No! ¡Nosotros!

ELIZABETH:

(Se acerca sensual a Inocencio)

¿Tuputi?

INOCENCIO:

(Que no la ha visto acercarse se asusta y se acerca a los otros)

¡Ay!

Baranguén…

(Los tres hombres comienzan a armar una coreografía ante la mirada hierática de ella)

LOS TRES HOMBRES:

Tuputituputi, tuputituputi… Baranguen, baranguén, baranguén, baranguén…

ELIZABETH:

(Golpeando su bastón)

¡Basta!

Odio las coreografías.

(Sacando una petaca y tomando abundantemente)

Vamos al grano.

TORDO:

Justamente, mademoiselle…

ELIZABETH:

¡Shhhht! ¡Cuervo! Conozco cada una de tus oscuras intenciones.

TORDO:

Si Madame lo solicita, puedo retirarme.

ELIZABETH:

No. Lamentablemente te necesito.

Esta fábrica: “Dulces y bombones Speleta” fue la niña mimada de mi marido.

(Llanto muy breve)

Ya fue.

Desde el comienzo, desde el primer “Pistolino”…

INOCENCIO:

Oblea de vainilla, crema de avellanas, cobertura de chocolate amargo.

Secreto: gota de Cointreau.

ELIZABETH:

Pasando por el “Postorivo”…

INOCENCIO:

Masa seca, mermelada de frutillas, crema moka, cobertura real.

Secreto: chispas de almendras.

ELIZABETH:

Hasta el hallazgo irreal del “Pensaroti”.

INOCENCIO:

Pionono glaseado, crema de mani, pasas de uva sultaninas.

Secreto: rayaduras de cáscaras de limón maceradas en anis.

ELIZABETH:

En todos esos años, gracias al genio de Speleta, fuimos primera marca en el mercado del dulce.

SIERRA:

De la confitura.

TORDO:

De la delikatesen.

INOCENCIO:

De los bombones.

ELIZABETH:

La primer publicidad. ¿Recuerdan?

Un camionero va manejando por la ruta y está a punto de dormirse…

INOCENCIO:

(Hace como que maneja)

-“Creo que voy a dormirme”, dice el camionero.

En ese momento aparece una mujer hermosa haciendo dedo en una curva del camino.

ELIZABETH:

Yendo dificultosamente a ponerse frente a él y haciendo dedo

No te duermas en el camión

con semejante bombón.

SIERRA Y TORDO:

(Coreográficamente)

Pistolino es el dulce más fino.

ELIZABETH:

Odio las coreografías.

INOCENCIO:

No terminaba así.  Decía:

“Pistolino hace dulce tu camino”

TORDO:

(Furioso)

¿Me lo va a decir a mi?

“Pistolino es el dulce más fino”. Así terminaba la propaganda.

SIERRA:

Por supuesto. Eso del camino queda como el culo.

INOCENCIO:

Era del camino. “Pistolino hace dulce el camino.”

(Comienzan a pelearse entre ellos. Elizabeth, agarrada a su bastón entra en trance mediúnico)

ELIZABETH:

¡Ah! ¡Speleta! ¡Speletaaaaaaaa!

INOCENCIO:

¿Qué le pasa?

SIERRA:

Entró en trance.

TORDO:

Es el bastón, tiene tres patas y no hace buena descarga a tierra.¡Che!

SIERRA:

Se conecta con su marido muerto.

ELIZABETH:

¡Sssssssssssspeleta! ¡Speleeeeeeeeeeeeta! ¡Speeeeeeeeeeleeeta!

¡Ssspepeleletata! ¡Speleta!

INOCENCIO:

Quiere hablar con Speleta.

TORDO:

Usted es un intuitivo.

ELIZABETH:

(Con voz de hombre)

¿Chi a ammazzato il zuccherino?

INOCENCIO:

¿Qué dice?

TORDO:

Pregunta ¿Quién amasó el bombón?

INOCENCIO:

Fui yo, señor Speleta.

ELIZABETH:

(Idem)

¿E il confetto? ¿Chi a ammazzato il confetto?

INOCENCIO:

¿Qué dice?

TORDO:

¿Y el confite? ¿Quién amasó el confite?

INOCENCIO:

Fui yo, señor Speleta, fui yo.

ELIZABETH:

(Dando alaridos y haciendo extraños movimientos)

¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

INOCENCIO:

¿Y ahora?

TORDO:

(La imita)

¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

(Elizabeth y el Tordo caen al piso y se sacuden)

INOCENCIO:

¡Sierra! Hagamos algo. Les agarró un ataque.

SIERRA:

¡Rajemos!

(Sierra trata de arrastrar a Inocencio hacia afuera)

ELIZABETH:

(Incorporándose como se nada)

Ya fue.

¡Alto! Nadie se mueva.

(A Inocencio)

¡Asesino! ¡Maldito asesino!

(Saca un arma de su liga. Todos llevan la mano a los bolsillos como para extraer un arma, pero es solo un amague)

SIERRA:

¡Señora! Cálmese, por favor. Hemos venido aqui para tener una reunión demócrática entre la patronal y la fuerzas laborales. No puedo permitir que  apunte hacia el corazón de un trabajador argentino.

ELIZABETH:

Cállese la boca. Gordo transero.

Lo apunto a usted, entonces.

SIERRA:

(Coloca a Inocencio frente al arma)

Retiro lo dicho. Acá tiene al criminal.

INOCENCIO:

Señora, porque me trata de asesino.

ELIZABETH:

Recien, cuando estaba bajo el estado de posesión, usted mismo lo ha dicho.

INOCENCIO:

¿Qué dije yo?

ELIZABETH:

Que había matado al confite, que había matado al bombón, en suma, usted ha matado esta fábrica. Con sus huelgas y sus extorsiones.

INOCENCIO:

Yo dije que había “amasado” el confite, que había “amasado” el bombón. Y a esta fábrica la mataron ustedes y estos señores que tan pulcramente hoy llevan ropa y perfume extranjero.

SIERRA:

Bien dicho.

INOCENCIO:

Hablo de vos, salame.  Que mientras muchos se reventaron el lomo laburando o pusieron los huevos en en la lucha gremial vos cambiabas figuritas con los trompas.

ELIZABETH:

Si, salame.

(Apunta a Sierra)

SIERRA:

Por favor, señora, haré lo que me pida.

TORDO:

Desagámonos de ellos, Elizabeth.

(Elizabeth, apunta intermitentemente a unos y a otros)

TORDO:

(A ella, tratando que los otros no lo escuchen)

Elizabeth, sabés que he hecho todo por ti. Fui un juguete de tus caprichos. Cuando hubo que falsificar las firmas de los contratos que dejaban esta empresa a tu nombre ¿Quién lo hizo? El tordo.

Cuando hubo que pasar la cocaina adentro de los amareti por la aduana ¿Quién lo hizo? El Tordo.

Cuando hubo que asesinar a tu cirujano plástico. ¿Quién lo hizo?

ELIZABETH:

¿Mataste a mi cirujano plástico?

TORDO:

(Confundido)

Una vez… Te había puesto mala cara.

ELIZABETH:

Lo nuestro terminó hace muchos años. Y te he pagado lo suficiente.

INOCENCIO:

Fueron amantes, me doy cuenta, fueron amantes.

TORDO:

(A Inocencio)

Usted es un intuitivo.

(A ella)

Pero,  te amo, Elizabeth. ¿Puedes entender que te amo?

ELIZABETH:

No.

TORDO:

(A Sierra y a Inocencio)

Ustedes ¿Pueden entender que la amo?

INOCENCIO Y SIERRA:

¿Como está ella ahora?

¡Nooooo!

TORDO:

Quítame la vida.

ELIZABETH:

(Le apunta)

Tus pedidos son órdenes.

TORDO:

(A Sierra y a Inocencio)

¿Ustedes no harán nada?

SIERRA:

¡Si! ¡Alto señora!

(Mide la posible dirección del proyectil. Se corre para estar a salvo)

Continúe, no más.

INOCENCIO:

¡Alto, señora! No se mata a un perro como si fuera un hombre.

TORDO:

Gracias, no me defiendan más.

INOCENCIO:

Terminemos con esta farsa. Y hablemos de una vez por todas. Esta en juego la vida de gente más importante que la de estos dos atorrantes. Sesenta empleados esperan que esta fábrica abra de nuevo sus puertas. En nombre de ellos es que vengo a hablar.

SIERRA:

Venimos…

ELIZABETH:

(Siempre apuntándolos con el arma)

“Venimos”…

Usted es un desvergonzado.

SIERRA:

No decías lo mismo cuando entregabas tu cuerpo patronal a mis brazos obreros. Cuando los jugos de tu sexo propietario  se mezclaban con mis jugos proletarios. Cuando mi cuerpo asalariado penetraba tu carne gerencial.

INOCENCIO:

Fueron amantes, me doy cuenta, fueron amantes.

TODOS:

¡Un intuitivo!

ELIZABETH:

¡Basta!

Voy a dialogar a solas con Inocencio…

Ustedes, a hacer andar la mezcladora. No pierdan tiempo, esta fábrica va a volver a funcionar.

TORDO:

Señora, jamás en mi vida hice funcionar un aparato de ese tipo.

SIERRA:

Y yo en mi vida la toqué.

INOCENCIO:

No permita que la accionen. No saben lo que hacen.

TORDO:

Elizabeth, tengo entendido que ese artefacto hace unos dos años que no se pone en funcionamiento.

INOCENCIO:

Es de mucho riesgo, señora.

SIERRA:

Le comunico que si no están dadas las condiciones de seguridad labor…

ELIZABETH:

¡Basta!

(Tira un tiro al aire)

¡A la mezcladora!

(Sierra y el Tordo salen asustados por el disparo)

ELIZABETH:

Al fin solos.

INOCENCIO:

¿Solos?

ELIZABETH:

Si… Ino… Ino…

INOCENCIO:

Inocencio.

ELIZABETH:

Ino.. Inoculémosle vida a esta fábrica. Pongamos de nuevo en marcha esta empresa…

INOCENCIO:

Hace diez años vino usted y apretó un botón rojo que está debajo de aquel tablero y puso en funcionamiento la mezcladora de chocolate.

ELIZABETH:

No me acordaba

INOCENCIO:

Fueron cinco minutos. En realidad yo tenía que mirar su bello dedo índice que mentía por debajo de la tolva,  tocando un botón  falso… Y en ese instante yo accionaba la máquina como si hubiera sido usted la que lo hizo.

ELIZABETH:

No me acordaba.

INOCENCIO:

Para mi fue una vida. Verla pasar, verla acercarse a la máquina que yo siempre manejaba. Verla apretar el botón. Como hoy aprieta el gatillo.

ELIZABETH:

(Aprovechándose del recuerdo)

Y lo apreté bien.

INOCENCIO:

Lo apretó como nadie

ELIZABETH:

¡Bah! Se lo dirá a tantas.

INOCENCIO:

No, señora… Su dedo índice se dirigió como una flecha en dirección a la tolva, el alma de todos los obreros quedó pendiente de un hilo, pero maravillosamente una pirueta acomodó el caos que iba a iniciar aquel dedo si no tomaba la dirección adecuada. Después del giro, y con una intrepidez de pantera, el dedo se lanzó hacia abajo, como quien busca en los fuegos más subterráneos del infierno una respuesta que no le llega desde cielo. Y nuevamente todos nos quedamos helados. El dedo no se dirigía a su sitio. El capataz tomó femeninamente la mano de un operario, mientras de sus labios se escapaba un gritito mujeril. Yo creí desmayar, y no fue menos nuestro asombro cuando nuevamente el dedito de dios cambio rumbo y se insertó,  definitivo, certero, final en el botón. Así fue, señora.

ELIZABETH:

Llamame Elizabeth, si querés.

INOCENCIO:

Elizabeth de Speleta.

ELIZABETH:

Mira el bastón, lo oculta detrás de ella

Dejemos tranquilos a los muertos.

(Mintiéndole)

Ahora creo recordar algo. Usted era joven…

INOCENCIO:

Como usted.

ELIZABETH:

Usted era hermoso…

INOCENCIO:

Como usted.

ELIZABETH:

Usted era musculoso

INOCENCIO:

¡Como usted! Perdón, digo, ¿cómo, usted, recuerda ahora tanto?

ELIZABETH:

No sé, será que en esta nueva etapa, presiento que algo nos va a unir con fuerza.

INOCENCIO:

Esta equivocada, Elizabeth, yo estoy aún enamorado de aquella joven mujer que “pututi pututi baranguén baranguén” pasó a mi lado haciendo sonar el aire en derredor de su cuerpo.

ELIZABETH:

Déjeme ser aquella.

INOCENCIO:

No, usted ahora es la dueña de una fábrica en bancarrota y si por algo soporta el estar hablando conmigo es porque ya no le queda nada. Muy distinta sería la cosa…

ELIZABETH:

Su soberbia le puedo costar caro.

INOCENCIO:

No me amenace, señora, afuera un grupo de obreros está esperando la orden para tomar esta fábrica.

ELIZABETH:

Sierra sabrá como manejarlos.

INOCENCIO:

Ya todos saben que Sierra es un carnero, nadie lo quiere.

ELIZABETH:

Inocencio, quiero ser para tus ojos de nuevo aquella niña… No por favor, no me interrumpas, la magia puede volver… pututi… Pututi…

(Elizabeth hace como si estuviera poseída y se deja caer en brazos de Inocencio.

Comienza a sonar la verdadera máquina que ha arrancado)

INOCENCIO:

(Con ella en brazos pero escuchando atentamente el ruido que hace la máquina)

Putupi… Putupi…Putupi…Putupiii…

(Entra  Sierra, corriendo.)

SIERRA:

(Contento)

¡Hicimos andar la mezcladora!

(Al ver la escena)

Ya vuelvo.

ELIZABETH:

Baranrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!

(La máquina comienza a hacer ruidos raros. Inocencio la suelta y ella se cae al piso)

INOCENCIO:

Se trabó el pistón…

ELIZABETH:

¿Tu pistón?

INOCENCIO:

¡No! El de la máquina.

Debo ir a detener la máquina… Todo va a estallar.

ELIZABETH:

¡No se mueva  o lo mato! Es Speleta que quiere comunicarse con los vivos.

(Toma el bastón y comienza a dar vueltas. Entra en trance. Se le cae la pistola de las manos, que agarra Inocencio)

INOCENCIO:

(Apuntándola)

¡Salga de ahí, Speleta!

ELIZABETH:

(Hablando con voz masculina, como poseída)

¡Porca miseria! Tu sei, Inocencio, il maledetto.

INOCENCIO:

¡Speleta! Salga de esa mujer si es hombre.

ELIZABETH:

Io sono molto virile e me dona un podi di vergogna parlare di qui. Ritorname lo bufoso.

INOCENCIO:

(Saltando sobre ella)

Si no te vas la mato

ELIZABETH:

(Como ella)

¡No! Por favor, Inocencio, no lo hagas.

(Como Speleta)

Tira, porca miseria.

(Como ella)

¡No!

(Como Speleta)

¡Tira!

(Como ella)

¡No!

(Se apaga la máquina.

Sierra entra corriendo.)

SIERRA:

(Preocupado)

Parece que no funciona del todo…

(Al ver la escena)

Ya vuelvo.

(Como Speleta)

¡Tira!

(Como ella)

¡No!

(Como Speleta)

¡Tira!

INOCENCIO:

¡Basta! Escupa ese marido.

ELIZABETH:

(Hace una horrible arcada y lanza una gran escupida)

¡Santo Dios! ¡Milagro! He escupido a Speleta, y todo gracias a usted, Inocencio. Lo necesito conmigo. Soy una mujer sola y necesito su ayuda. Podemos iniciar juntos un nuevo amanecer.

INOCENCIO:

No me interesa.

ELIZABETH:

¿Un atardecer?

INOCENCIO:

No, señora.

ELIZABETH:

Al pedo hablar de un anochecer ¿no?

INOCENCIO:

Nada.

ELIZABETH:

Pero cómo se niega a tenerlo todo.

INOCENCIO:

Conozco a la gente como usted y su marido.

ELIZABETH:

Ingrato.

Speleta le dió todo.

INOCENCIO:

Speleta, me robó, todo.

ELIZABETH:

(Risa histérica sostenida que corta de repente)

Ya fue.

No me haga reir, Inocencio.

¿Qué le podría deber a usted el señor Speleta?

INOCENCIO:

Robo, una a una, mis recetas.

¿De dónde  cree que sacó Speleta a Pistolino, Postorivo y Pensaroti?

ELIZABETH:

No sé…

¿Sería la línea de defensa del Inter de Milán?

INOCENCIO:

No señora, los nombres de los dulces de más éxito de esta fábrica no eran otros que Troncoso, Tranquera y Tranquito. ¿Sabe quiénes son Troncoso, Tranquera y Tranquito?

ELIZABETH:

¿La defensa de Temperley?

INOCENCIO:

No, señora, ese es el nombre argentino y macho que le puse a los bombones. Que yo inventé. Y que el señor Speleta afanó entre gallos y medianoche. Pero eso se acabó, no hay más componendas. Haremos un piquete y nadie pasará. Otra que Radolatti, Randazo y Romero.

ELIZABETH:

¿Esos postres no los conozco?

INOCENCIO:

No, esos no son postres, esa es la defensa de Colegiales.

(Ruido de máquina que vuelve a encenderse)

ELIZABETH:

Oiga, ya funciona la mezcladora.

INOCENCIO:

Hace un ruido muy raro,  voy a ver qué pasa.

ELIZABETH:

Inocencio, no se niegue a la felicidad. Podemos volver a abrir la fábrica, formar un hogar, plantar un árbol, escribir un libro, rellenar un bombón.

INOCENCIO:

Ya es tarde, Elizabeth, la fábrica se abre sin usted.

 TORDO:

(Entra le quita el arma)

¿Cómo es eso?

INOCENCIO:

Muy fácil, Doctor, todos los empleados nos hemos presentado al síndico de la quiebra y nos autorizó a conformar una cooperativa.

SIERRA:

(Entra y le quita el arma)

Atrás, Tordo.  Se acabó nuestra alianza.

(A Inocencio)

Te lo tenías guardado, guachito. Ahora cerraremos filas con los compañeros.

INOCENCIO:

No, Sierra, vos no cerrás nada. Nadie quiere verte, pertenecés a un pasado de matufias que a nadie interesa.

SIERRA:

Y quién se va a hacer cargo de los derechos de los…

INOCENCIO:

Nosotros mismos en asamblea y aquellos del sindicato que nunca dejaste respirar.

(Elizabeth, le quita el arma.

El ruido de la máquina es cada vez más fuerte y desagradable)

ELIZABETH:

Ahora soy yo la que los apunta.

(Al Tordo y a Sierra)

¡Inútiles! No saben hacer nada, tendrían que haberse desehecho de él, era absurdo pensar que iban a poder convencerlo.

(A Inocencio)

Dígame su precio y terminemos.

INOCENCIO:

¿Precio?

ELIZABETH:

Si ¿Cuál es su precio?

INOCENCIO:

No, señora, no nos meta a todos a dentro de la mezcladora que no somos lo mismo.

ELIZABETH:

¿Qué tal aquella niña que fui?

INOCENCIO:

No volverá.

ELIZABETH:

Tengo una sobrina de 16 años…

TORDO:

¡Una borreguita!

SIERRA:

¿Te acordás de la Dolly?

INOCENCIO:

A estos, usted los compra, los envuelve para regalo y los vende en cualquier kiosko. A mi gente y a mi no.

ELIZABETH:

Vaya rezando, entonces, porque va a terminar envuelto en un estuche de regalo, rociado de chocolate.

(Suena muy fuerte el ruido de la mezcladora)

INOCENCIO:

Por favor, Señora, déjeme apagar esa mezcladora, va a estallar en cualquier momento.

ELIZABETH:

No soy inocencia, Inocencio. Conozco de trucos.

Seguramente me dirá que  ahora se escuchará una gran explosión y se apagará la luz.

INOCENCIO:

Seguramente va a haber una gran explosión y se va a apagar la luz.

(Gran explosión y corte de luz. En la oscuridad se escuchan tres tiros. Vuelve la luz y esta Inocencio con los ojos cerrados, parado en el centro del espacio y Sierra, el Tordo y Elizabetn muertos, tirados en el suelo. Los tres han quedado con el brazo rígido sosteniendo un arma.

Inocencio se cerciora de no haber recibido ningún disparo)

Su dedo índice se dirigió como una flecha en dirección a la tolva, el alma de todos los obreros quedó pendiente de un hilo, pero maravillosamente una pirueta acomodó el caos que iba a iniciar aquel dedo si no tomaba la dirección adecuada. Después del giro, y con una intrepidez de pantera, el dedo se lanzó hacia abajo, como quien busca en los fuegos más subterráneos del infierno una respuesta que no le llega desde cielo. Y nuevamente todos nos quedamos helados. El dedo no se dirigía a su sitio. El capataz tomó femeninamente la mano de un operario, mientras de sus labios se escapaba un gritito mujeril. Yo creí desmayar, y no fue menos nuestro asombro cuando nuevamente el dedito de dios cambio rumbo y se insertó,  definitivo, certero, final en el botón. Así fue, señora.

(Inocencio aprieta un botón y suena la sirena de inicio de actividades en la fábrica)

¡Vamos, muchachos, a ocupar de nuevo los puestos de trabajo!… ¡A laburar! A laburar que…

que  “Pistolino hace más dulce el camino”.

 

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