LA PROFUNDA NATURALEZA DEL ANIMAL

«Hablo de la naturaleza, de la profunda naturaleza del animal. El designio de su creación. El “paraquécarajo filosófico” para hacérselo más llano, el “paraquécarajo” vino al mundo…»

Marcelo Marán

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PERSONAJES:

  • UGARTE
  • CAMPOS

  

Entre las crecidas matas de un baldío, asoma parte de lo que parece ser una calesita, con una indescifrable puerta interior.

Es pasada la medianoche. Clara nocturnidad, el viento tibio de la primavera mueve con insistencia las copas de los arboles.

Un hombre, Ugarte, se asoma en calzoncillos y camiseta blandiendo un palo. Es posible que haya bebido, aunque no está borracho.

UGARTE.– ¿Quién anda ahí?

No se escucha nada, apenas  el sonido de las ramas.

¿Sos vos de nuevo?

Y ahora ¿qué querés?

Si sólo pudiese dormir, como antes.

Coloca el palo haciendo palanca para mover la calesita.

¡Carajo! Sigue trabada.

Suena ahora terrible el viento.

Estas ahí, lo sé. ¡Aparecé! ¡Date a luz! No tenés porque guardarme miedo. ¿Qué daño podría hacerte?

Tira el palo dentro de la calesita.

Estoy desarmado. ¿Ves?

¡Te exijo que aparezcas inmediatamente!

Suena un tiro al aire. Ugarte, presa del pánico, se esconde en la calesita. Otro hombre, Campos, entra corriendo. Carga algo muy pesado que trae envuelto en una bolsa de arpillera. Las manos sucias de grasa, el aliento entrecortado por la corrida, huye evidentemente de alguien. Va de un lado a otro con el bagayo. No sabe dónde meterlo.

CAMPOS.– (al principio casi como un susurro) ¡Ugarte! ¡Ugarte!

Abra la puerta quiere… (Más fuerte) ¡Ugarte! ¡Despiértese carajo, que me siguieron! (Comienza a patear la puerta) ¡Abra, carajo!

UGARTE.– (asomando el palo) ¡Ah! Era usted.

CAMPOS.– ¿Quién sino?

UGARTE.– (asomando la cabeza) ¿No había nada raro?

CAMPOS.– Déjeme entrar. Estoy con el bagayo.

UGARTE.– Linda hora de llegar. Ahora va tener que esperar que me cambie.

CAMPOS.– ¿Cómo, que lo espere? Me siguieron, me persiguen. Ugarte, tenemos que esconder esto.

UGARTE.– Ese es un problema suyo.

CAMPOS.– Me manda afanar y el problema es mío.

UGARTE.– Yo no lo mandé, hice  ver que nos vendría bien tener ese aparato. Pero de ahí a robar. ¿Qué quiere? Que vaya preso por encubridor ¿eso quiere?

CAMPOS.– Yo lo tiro a la mierda, a mí no me agarran con esto.

UGARTE.– ¡Espere!

Campos lo revolea para un costado. Cuando Ugarte va a ver se escuchan ruidos. Los dos se meten de cabeza en la puerta de la calesita. Pasan los ruidos. Ambos  se asoman.

UGARTE.– ¡Si será! ¡Cómo se le ocurre cometer un ilícito y venir a meterse acá adentro, a comprometerme!

CAMPOS.– Ahora se hace el gil, pero fue usted el que me lo pidió.

UGARTE.– Fue una expresión de deseo.

CAMPOS.– ¡Expresión de deseo! Dijo que con ese motor se acababan nuestros problemas, que después de lo del animal era la única salida. Si hasta me lo dijo llorando.

UGARTE.– Así que uno no puede ponerse sentimental.

CAMPOS.– Le dije que yo me animaba a sacarlo del taller. Y usted estaba de acuerdo. Le pedí que fuera de campana.

UGARTE.– Y yo le dije que no oficio de campana, que no nací para andar alcahueteando.

CAMPOS.– “Me voy solo”, le dije.

UGARTE.– “Vaya”, le dije yo, “y cuídese”, le dije yo. Como un padre que despide a un hijo. Es más, le dí mi bolsa de arpillera.

CAMPOS.– La bolsa era mía. Las suyas desaparecieron cuando lo del viejo.

UGARTE.– ¿Quién se la pirateó al verdulero?

CAMPOS.– ¡Yo!

UGARTE.– Pero, ¿quién la vio primero? Las cosas, digo yo, ¿de quién mierda son? ¿Del que las agarra primero o del que las ve primero?

CAMPOS.– ¡Eh!

UGARTE.– ¡Diga! ¡Juéguese!

CAMPOS.– Del que las agarra.

UGARTE.– Perdió. Del que las ve. Una muchacha pasa por la calle y usted la mira.

CAMPOS.– Yo no miro muchachas. Después de lo de su hermana…

UGARTE.– Es un suponer, Campos. Bueno, piense en mi hermana.

CAMPOS.– No puedo, porque lloro.

UGARTE.– ¡Qué difícil que se hace el análisis con usted! Pero vamos a otro ejemplo. Cuando Colón llegó a América y divisó la costa se adueño del paisaje. ¿Y de quién carajo era el paisaje?

CAMPOS.– De los indios.

UGARTE.– ¡Muy bien! Entonces, quiere decir que los indios que tenían agarrado el paisaje tuvieron que meter violín en bolsa y quedarse muzzarella. Idéntico al caso de la bolsa.

CAMPOS.– La del violín.

UGARTE.– No, la de arpillera, la del verdulero. La que usted me cuestiona al pedo. Y ya no sé a qué venía todo este asunto.

CAMPOS.– Que afané el motor para darle una alegría y al final casi termino preso. Y usted se hace el chancho rengo.

UGARTE.– Comprenda que lo hice por los dos. ¿De qué sirve que vayamos juntos a la cárcel? ¿Quién cuidaría de usted? ¿Quién le llevaría comida y cigarros?

CAMPOS.– Yo no fumo.

UGARTE.– Siempre igual, eh, Campos. Quiero regalarle algo y le sale el mierda de adentro.

CAMPOS.– Perdone, lléveme igual los fasos, se lo agradezco. Por ahí, solo, en la cárcel, se me da por fumar.

UGARTE.– Ya está. No hay moros en la costa. Vamos a ver si el motor sirve. (Abre la bolsa e investiga) ¡A la mierda! Buen motor, dos caballos de fuerza.

Made in Germany, alemán. ¡Qué bobinado! ¡Qué rulemanes! ¡Qué cagada!

CAMPOS.– ¿Qué pasó?

UGARTE.– Esta hecho pelota.

CAMPOS.– ¡El golpe!

UGARTE.– El golpe es lo de menos. Este motor está fundido.

CAMPOS.– ¿Pero no es alemán?

UGARTE.– Y Hitler, ¿qué era? ¿Paraguayo? Una cagada. Foja cero. Y pensar que casi pierdo la libertad por un motor fundido. Casi termino con los huesos en la cárcel por un montón de chatarra. Vamos a tener que salir a buscar otro.

CAMPOS.– Ni loco. Yo no voy ni loco.

UGARTE.– ¡Cobarde!

CAMPOS.– Diez cuadras me corrieron, uno llevaba una barreta larga como una lanza y la cana me sacudió un tiro.

UGARTE.– Esta bien. Vamos a pensar en otra cosa. Porque no me hace la gauchada de pegarse una vuelta a la calesita, yo cronometro.

CAMPOS.– ¿Después de la corrida de recién, quiere que siga corriendo?

UGARTE.– ¡Vago! Tenga, cronometre. Sabe, ¿no?

CAMPOS.– ¡Qué le parece! Se acuerda cuando ella…

UGARTE.– Está bien, pero deje eso ahora que me va a empapar de lágrimas el reloj. Tome el tiempo que tardo en dar una vuelta con la calesita. (Va a  hacerla girar pero simula una puntada que le sube por la espalda) ¡El nervio!  El nervio no me deja.

CAMPOS.– Si ni siquiera la tocó.

UGARTE.– El ciático es brujo, adivina. Vamos a hacerlo de imaginaria, yo camino como si llevase la calesita y usted toma el tiempo. Vamos.

 

Se pone en pose de hacer fuerza y comienza a dar la vuelta, desaparece. Campos, con el cronometro en la mano, espera. Ugarte tarda mucho más de lo posible. Campos se impacienta, pero no puede ir a ver porque debe controlar el tiempo. La tardanza es excesiva. Campos decide abandonar el control del cronometro para ir a buscar a Ugarte, cuando se dispone a hacerlo se choca con él, que regresa.

 

UGARTE.– (como si nada) ¿Y? ¿Cuánto tarde?

CAMPOS.– Un montón.

UGARTE.– Pero yo le digo en segundos, en décimas. En medidas científicas.

CAMPOS.– ¡Qué sé yo! Me perdí. Tardaba tanto que me perdí. Usted no dio la vuelta, se fue a comprar fasos.

UGARTE.– Meé, aproveche la vuelta para mear. Pero eso no lo exime. ¡Bah! Deme, no sirve para una mierda. Supongamos que la calesita da… (Tararea una canción de calesita, al tiempo que gira sobre sí mismo mirando el cronómetro) clavado, cuarenta y cinco segundos. Y si por la renovación de pibes, entre vuelta y vuelta, para dos minutos, usted tendría dos minutos de descanso.

CAMPOS.– ¿Cómo de descanso? ¿En la boletería?

UGARTE.– No, en la boletería estoy yo.

CAMPOS.– Pero si usted dijo que no quería estar en la boletería porque quería controlar las cosas de afuera, sentado en el banco, por si había algún quilombo.

UGARTE.– Pero, ¿qué quilombo puede haber?

CAMPOS.– Qué sé yo, usted dijo.

UGARTE.– ¿Qué es esto? ¿La salida de la cancha de Boca? No hace falta. Yo voy a la boletería y usted tira.

CAMPOS.– ¿Empujo?

UGARTE.– Como guste, la cuestión es que la calesita gire sobre su eje y los lindos niñitos den vueltas saludando a sus papitos y nos dejen un manguito por rubia cabecita.

CAMPOS.– Y… ¿Podré?

UGARTE.– No le digo que es pan comido, y sano, hace fierros sin ir al gimnasio. Además, no nos queda otra. Sin el animal, y sin el motor… no nos queda otra. Estamos en sus manos, Campos. Usted es nuestro salvador. Pruebe, empuje, tire, haga lo que quiera pero mueva ese artefacto. Por favor.

CAMPOS.– (trata de moverlo de varias maneras pero no puede) No se mueve, esta trabada, hay algo que la traba.

UGARTE.– Usted no tira la suficiente. Hay que poner garra, amor propio. ¡Qué joder!

CAMPOS.– Venga y hágase cargo, entonces.

UGARTE.– Tiene que tirar parejo. De a poquito, si pega un sacudón se cansa y no resulta.

CAMPOS.– Lo que no resulta es que usted me ande rigoreando, Ugarte.

UGARTE.– Yo no lo rigoreo, le estoy explicando, simplemente. Cuando alguien no entiende, uno tiene el deber de explicarle. Y usted no entiende. Tira, pero no parejo.

CAMPOS.– Explique con ademanes. Venga, acérquese, case la piola y tire.

UGARTE.– ¡Ah, no!

CAMPOS.– Claro, el tipo oficia de maestro a distancia, nada más.

UGARTE.– Y le parece poco, le parece poco que lo extraiga a usted de la absoluta ignorancia en que vive.  Así me paga que le haya quitado el sambenito de “burro” conque la malicia barrial lo había titulado. Usted es un ingrato, Campos.

CAMPOS.– No se me vaya por las ramas. Y además, el primero que me grito “burro” fue  usted.

UGARTE.– ¡Miente!

CAMPOS.– Lo vi clarito. En la esquina estaba toda la barra. Esa sarta de pelotudos amigos suyos.

UGARTE.– Eso no prueba nada.

CAMPOS.– “Pedazo de burro”, eso gritó usted Ugarte, y los demás meta cagárseme de la risa.

UGARTE.– De haber sabido que el señor se ofendía tan fácilmente no me hubiera asociado. Sí, me parece que vamos a tener que rever el contrato, por ahí…

CAMPOS.– Por ahí ¿qué?

UGARTE.– Por ahí hay alguna cláusula que dirime esta contienda.

CAMPOS.– ¿Qué?

UGARTE.– Digo, que quizás si lo leemos detenidamente…

CAMPOS.– No gracias, me garca de nuevo.

UGARTE.– Ese es el concepto que tiene de  mí.

CAMPOS.– No, Ugarte, usted con los papeles es un peligro. No sé como hace. Yo los leo y me parece que dicen una cosa. Ahora, al ratito viene usted, los lee  y dicen otra y lo peor es que le dan la razón.

UGARTE.– Quiere decir que no lo engaño.

CAMPOS.– Quiere decir que esos papeles son unos hijo´e puta. Un panqueque, se dan vuelta en el aire. Como esta calesita. Yo no entiendo.

UGARTE.– Es que habíamos quedado en que usted no tenía que entender nada. Eso es correcto.

CAMPOS.– Sí, eso dicen los papeles, pero a mí, que sé yo. A veces se me hace que usted me está cagando.

UGARTE.– ¡Ah! Bueno, bueno. Llegó la hora de la ingratitud. El momento de los reclamos. A ver, ¡Dele! ¡Tire, no más! Saque afuera toda la mierda que tiene adentro. Mujer despechada, parece.

CAMPOS.– No soy ninguna mujer.

UGARTE.– Pídale prestada la pollerita al travesaño de la esquina. Bien que le mira el orto.

CAMPOS.– No me hable así que me pierdo.

UGARTE.– Pensar que comió de mi plato. Si le habrán matado el hambre estas manos buenas. El corazón se me derrite de pena.

CAMPOS.– No se ponga así, tampoco.

UGARTE.– Cuando tuvo sed no le faltó un vaso en mi mesa.

CAMPOS.– Deje de exagerar, quiere.

UGARTE.– Quién va a frenar esta lanzada de  villanías.

CAMPOS.– Bueno, perdone.

UGARTE.– Es fácil pedir perdón, pero más fácil todavía es ofender impunemente.

CAMPOS.– Perdón, dos veces perdón.

UGARTE.– Está bien, pero lo voy a someter a un castigo. Sí, no me chille, que a los tipos de lengua larga como usted les viene bien de vez  en cuando que se los ponga en vereda. Sin chistar me tira de la soga y parejito, a ver si podemos mover esa calesita.

CAMPOS.– (empuja) No da vueltas, Ugarte, no ve que no gira. Hay algo que la traba.

UGARTE.– Campos, que poca voluntad. Es cuestión de maña, no de fuerza. Usted no tira como debe.

CAMPOS.– Esta embrujada.

UGARTE.– No sea ignorante.

CAMPOS.– Lo del caballo fue una barbaridad.

UGARTE.– Era necesario, las finanzas no cerraban.

CAMPOS.– Un pecado, pobre caballito ciego, hacerlo mortadela.

UGARTE.– No estaba ciego y además no era un caballo. El tal equino era asno.

CAMPOS.– Un asno y vidente. Peor que peor. ¡Pobre burro!

UGARTE.– ¡Congénere!

CAMPOS.– Ríase, pero ni Sarmiento hizo esas cosas con los animales.

UGARTE.– No hable si no sabe lo que dice. ¿Qué tiene que ver Sarmiento?

CAMPOS.– ¿No había una ley, carajo, contra los animales?

UGARTE.– A favor. A favor, no en contra.

CAMPOS.– Con más razón, entonces. Usted es un desalmado.

UGARTE.– Además el animal estaba enfermo.

CAMPOS.– Hubiera vivido diez años más.

UGARTE.– Sí, pero no como Dios manda.

CAMPOS.– No diga boludeces, quiere.

UGARTE.– Hubiera vivido mal, indigno de su raza. Sin oficio.

CAMPOS.– Ahora el burro tiene oficio.

UGARTE.– Hablo de la naturaleza, de la profunda naturaleza del animal. El designio de su creación. El “paraquécarajo filosófico” para hacérselo más llano, el “paraquécarajo” vino al mundo.

CAMPOS.– Para dar vueltas a la calesita no habrá sido.

UGARTE.– Para empujar, para hacer fuerza, para tironear del arado.

CAMPOS.– Alguien no cumple con los mandatos de la naturaleza y chau, al matadero. Eso es cosa de asesinos.

UGARTE.– Estaba enfermo, eutanasia la mía que le trajo paz.

CAMPOS.– Así que si alguien está enfermo es mejor que se muera.

UGARTE.– Si ya no somos lo que debemos ser, mejor no seamos nada.

CAMPOS.– Me pareció haberle escuchado eso. Ya otras veces dijo lo mismo, ¿Cuándo? ¿Cuándo le escuché lo mismo?

UGARTE.– Tire de la soga y déjese de joder quiere.

CAMPOS.– No, me niego. Por el alma del burro.

UGARTE.– No decía lo mismo cuando se engullía la mortadela. Le tendría que haber sacado una foto al muy hijo de puta. El animal daba para setenta bolas de primera, con el estiramiento que hicimos de la merca llegamos a cien bolas.

CAMPOS.– Esas porquerías que le metió adentro. Duras como pelotas de basquet.

UGARTE.– No decía lo mismo cuando repetía la noble factura. Cien bolas, de las cuales usted se embuchó treinta, yo veinte y el mercado consumidor lo restante. Quiere decir que el señor defensor de los derechos del jumento conserva en su aparato digestivo un elevado porcentaje del animal. Sin tener en cuenta que de las ventas pudo vivir unos cuantos…

CAMPOS.– ¡Vomito! ¡Basta! Tiene razón, una vez más tiene razón. Pero, yo solo no puedo.

UGARTE.– Usted sabe que el tiempo nos apremia. Las cosas van mal, Campos. Tenemos que sacarle tajada a esto, sino… Colóquese frente al palo que está a su izquierda. Ese, muy bien. Ahora, arquee el cuerpo hacia adelante, estire las extremidades superiores, tome con sus manos el mentado báculo y ejerza una presión de atrás hacia adelante.

CAMPOS.– ¿Qué?

UGARTE.– ¡Qué empuje, carajo! A ver si mueve esa mierda de una vez por todas.

CAMPOS.– No… no… no se puede.

UGARTE.– ¡Qué debilidad la suya!

CAMPOS.– Desde hace unos días que no ando bien.

UGARTE.– ¿Está enfermo?

CAMPOS.– ¡No! Enfermo no.

UGARTE.– Pero usted es hombre joven, tendría que poder tirar de la soga y mover esa calesita. A menos que…

CAMPOS.– ¿A menos que qué?

UGARTE.– A menos que tuviese menoscabada su naturaleza. Que ya no fuera tan hombre.

CAMPOS.– Estoy perfecto.

UGARTE.– Y por qué tose.

CAMPOS.– Yo no toso.

UGARTE.– De noche tose. Tiene un ronquido raro. Como el del viejo, antes de… irse.

CAMPOS.– Déjese de joder quiere. Nunca me escuché toser.

UGARTE.– Y claro, si está dormido.

CAMPOS.– ¿Y usted no está dormido acaso?

UGARTE.– Sí.

CAMPOS.– Y entonces cómo sabe que soy yo y no usted el que tose.

UGARTE.– Porque me despierta. Su tos me despierta.

CAMPOS.– Yo no toso y además estoy fuerte como un roble. Y si quiero hago girar esta mierda como un trompo. (Trata de hacer andar la calesita. No puede. Al agitarse tose)

UGARTE.– Tose, el muy hijo de puta tose.

CAMPOS.– Me atraganté con la saliva.

UGARTE.– Ni un tranquito de pollo movió. ¡Qué debilidad la suya, Campos!  Mi hermana, pobre santa, lo hubiera hecho mejor.

CAMPOS.– Ya le dije que no me gusta que hable de ella. Está muerta.

UGARTE.– Novedad.

CAMPOS.– A los muertos hay que dejarlos en paz.

UGARTE.– Requienscant in pace.

CAMPOS.– ¿Qué está farfullando?

UGARTE.– Que en paz descanse la buena, tuvo que pelear ella también con un burro.

CAMPOS.– Con usted peleaba, que no la dejaba en paz.

UGARTE.– Jamás cambiamos una palabra.

CAMPOS.– No, lo arreglaba todo a los tortazos. Usted le pegaba, una vez los vi discutiendo. “Te mato”, le dijo usted.

UGARTE.– Ella insultaba primero.

CAMPOS.– “Sos una yegua”, le dijo usted.

UGARTE.– “Maricón”, me dijo ella. “Sos un maricón”, me dijo ella.

CAMPOS.– “Asesino”, le dijo ella. “Matame a mí también”, le dijo ella.

UGARTE.– “Te voy a matar”, le dije.

CAMPOS.– Y la fajó. “No me pegués más”, le dijo ella.

UGARTE.– Y usted miraba.

CAMPOS.– (incómodo) Yo no vi nada. Me contaron.

UGARTE.– ¿Quién?

CAMPOS.– ¿Para qué? Para que se me cague de risa. No le cuento nada.  Total, ella murió.

UGARTE.– Era una mujer muy temperamental.

CAMPOS.– Se odiaban.

UGARTE.– Por favor, deje eso ahora y vuelva a empujar.

CAMPOS.– Ella le tenía miedo, yo sé que le tenía miedo. Como el viejo.

UGARTE.– Usted no sabe muchas cosas. Vamos a probar de nuevo.

CAMPOS.– ¿Qué cosas no sé?

UGARTE.– Usted vive en una nube de pedos. Muchas cosas de ella se le pasaban por arriba.  Las carreras, por ejemplo, lo del cronómetro.

CAMPOS.– ¿Qué me quiere decir?

UGARTE.– Que ella… ma’ sí, tiene razón Campos, mejor no hablemos de los muertos.

CAMPOS.– ¿Qué me quiere decir?

UGARTE.– No somos santos.

CAMPOS.– Usted no es santo. Usted es malo.

UGARTE.– Yo vivo, y usted vive gracias a mí. Y ellos vivieron gracias a mí. Y no es fácil vivir.

CAMPOS.–  Me voy.

UGARTE.– ¿Qué dice?

CAMPOS.– Que me voy, Ugarte.

UGARTE.– ¿Y adónde va ir? Si no tiene dónde. Qué va a hacer por ahí, solo. Usted se cree que es fácil la vida. Ma’ pero, no va ser la primera ingratitud que me mastico. ¡Váyase! Nuestra sociedad está finiquitada, cuando le quede bien pase a firmar los papeles.

CAMPOS.– ¿Qué papeles?

UGARTE.– ¡Ve! Ingrato y pelotudo. Improvisado, ¿adónde cree que va a llegar? Las cosas se manejan por papeles, usted no es nadie Campos, si ni siquiera sabe llenar un cupón en el mercado.

CAMPOS.– Mentira, el otro día rellené uno de una rifa.

UGARTE.– ¿Qué dirección puso?

CAMPOS.– La calesita.

UGARTE.– “La calesita”. ¿Y esa es una dirección?

CAMPOS.– Todos conocen a la calesita.

UGARTE.– ¡Sí! Sobre todo en Chotolandia, cuando saquen su cupón entre los diez mil boludos como usted que se creen esas cosas.

CAMPOS.– Sin embargo los libros llegaron.

UGARTE.– ¿Qué libros?

CAMPOS.– No, nada.

UGARTE.– ¿Qué me está escondiendo Campos?¿de qué libros me habla? No me diga que esta gastando guita en boludeces. No tenemos para comer y el tipo compra libros.

CAMPOS.– No son boludeces, usted siempre habla de que hizo la secundaría y picó en la universidad.

UGARTE.– Pa´ cagada, la erudición es pa´ cagada. El terciario lo echa a perder a uno. Mírelo al Quijote, se volvió loco con las novelas.

CAMPOS.– Estos son libros científicos.

UGARTE.– ¡Peor que peor! Margarita a los chanchos.

CAMPOS.– Son con salida laboral. No decía usted que el burro tiene un oficio, yo también quiero uno.

UGARTE.– Agarre el del burro. Tire, empuje, arrastre el arado.

CAMPOS.– Esto es con la mente, no con el cuerpo.

UGARTE.– Física, química, flores de Bach… A ver, ¿qué carajo estudia el prodigio?

CAMPOS.– Parapsicología.

UGARTE.– ¡Parapsicología! Usted sabe, Campos, que yo adivino el futuro. No, en serio, no se ría, adivino el futuro. Y sabe cómo lo veo a usted, cagado a sopapos, así lo veo. (Lo corre para golpearlo) Se va ir, eso también lo veo, pero antes le voy a dar una pateadura, que no se la va olvidar más. Con razón no empujaba el aprendiz de brujo. Pero ya le voy a sacar de la cabeza esas ideas.

CAMPOS.– Conmigo no se  meta que lo puedo dejar fulminado.

UGARTE.– Si tiene algún rayo escondido en la manga úselo antes que lo reviente a palos.

CAMPOS.– ¡Qué! ¿Me va a matar como al viejo?

UGARTE.– (se para en seco) ¿Qué está diciendo? ¡Eso es muy grave! ¡Cómo se le ocurre!

CAMPOS.– Se presenta de noche y me habla.

UGARTE.– Usted esta chiflado. Lo voy a tener que llevar a la salita de primeros auxilios para que le hagan una lobotomía. ¡Yo, matar al viejo! Ni se le ocurra repetir esa idiotez, si alguien lo escucha… Bien sabe que se fue. Que un día desapareció.

CAMPOS.– Al principio creí que estaba soñando.

UGARTE.– Eso, la mortadela, Campos, usted sufre de pesadillas. ¿Sabe lo que vamos a hacer? Vamos a ir de Doña Inés…

CAMPOS.– ¿No era que no creía en brujerías?

UGARTE.– Pero el suyo es un caso grave. Cómo se le ocurre que yo pude matar al viejo.

CAMPOS.– Se me presenta, a veces como escorpión, a veces como centauro.

UGARTE.– Y usted le cree. Se le aparece cualquier bicho diciendo qué sé yo que gansadas y usted le da crédito. Además usted en su vida supo lo que era un escorpión y menos un centauro.

CAMPOS.– ¡Con más razón! Eso me vino de arriba.

UGARTE.– Lo que le vino de arriba es la vida. Tendría que haberlo dejado aquella vez colgado del cable del teléfono, que se muriera asfixiado.

CAMPOS.– Como al viejo.

UGARTE.– ¡Shhh! Y dale con el viejo. O acaso no sabe que la policía me quiso guardar hasta ver como había sido la cosa.

CAMPOS.– ¿La cosa?

UGARTE.– La desaparición, claro.

CAMPOS.– El viejo relincha y me dice…

UGARTE.– ¿Relincha?

CAMPOS.– ¡Sí, relincha! No sé cómo hace, pero vio que en los sueños por ahí un animal hace ruido y uno lo escucha que habla.

UGARTE.– ¡Ah! Usted lo soñó.

CAMPOS.– ¡No! Yo me pongo en estado y recibo ondas.

UGARTE.– Como una radio.

CAMPOS.– Igualito que una radio. Pin plaf y llega el viejo que relincha y dice: “Campos, no se fíe de mi hijo, el muy maula me mató”

UGARTE.– ¡Viejo mentiroso! No ve que es un viejo mentiroso.

CAMPOS.– Eso dice.

UGARTE.– Y usted le hace caso.

CAMPOS.– ¿Y qué quiere que haga? Ojo que al principio desconfié, estuve a punto de denunciarlo.

UGARTE.– ¿Qué trata de decir? Que soy un asesino, ¿eso trata de decir? ¡Pero mierda! ¡Qué tanto hablar! Váyase, ingrato. Váyase, ya no quiero verlo más. Y no se lleve nada que no le pertenezca.

CAMPOS.– Qué quiere que me lleve si no tenemos nada. (Se toca la frente ceremonioso) La luz sea contigo.

UGARTE.– Métase la luz donde ya sabe.

CAMPOS.– (por salir)

UGARTE.– ¡Y mi hermana!

CAMPOS.– ¿Qué?

UGARTE.– Mi  hermana, digo ¿no lo visita?

CAMPOS.– ¿Por qué lo dice?

UGARTE.– No, digo, por ahí ella también le viene con algún cuento. Como andan tan charlatanes los muertos…

CAMPOS.– No, ella no vino.

UGARTE.– Conmigo habla.

CAMPOS.– Le dice cosas.

UGARTE.– Y si habla, es que dice cosas.

CAMPOS.– ¿Y cómo se le aparece?

UGARTE.– Se aparece.

CAMPOS.– Pero, ¿usted hace meditación?

UGARTE.– No, me pongo como una radio, caso un palo, me lo meto en el… ¡Aparece! No hace falta un radar para que aparezca. Hace ¡Buuuu! y aparece.

CAMPOS.– ¡Buuuuu! ¡Santo Dios! ¿Y qué le dice?

UGARTE.– Me habla del lugar donde está.

CAMPOS.– ¿Dónde está?

UGARTE.– Viene a ser como una plaza.

CAMPOS.– ¿Una plaza? ¿Con árboles?

UGARTE.– Sí, una plaza.

CAMPOS.– Y fuentes.

UGARTE.– Sí, una plaza.

CAMPOS.– Y pajaritos, y…

UGARTE.– ¡Sí Campos, una plaza con árboles, con fuentes, con pajaritos, tortugas, ballenas…!

CAMPOS.– ¿Y qué le dice?

UGARTE.– Me habla.

CAMPOS.– Pero ¿le contó algo en especial?

UGARTE.– Me habla.

CAMPOS.– ¿Algún secreto?

UGARTE.– Me habla, de usted, me habla. Pero deje, vaya, usted se iba. Otro día la seguimos.

CAMPOS.– ¿Se acuerda de mí?

UGARTE.– De usted, de mí y del viejo.

CAMPOS.– Pero ella lo debe de estar viendo.

UGARTE.– Y dale con que el viejo murió. ¡El viejo se fue! ¡Nada más!

CAMPOS.– ¿Y usted qué sabe si no murió?

UGARTE.– ¡Yo no maté al viejo!

CAMPOS.– ¡Ve que tiene cola de paja! Yo digo que el viejo murió, puede haber muerto después de desaparecer o quizás lo pudo haber matado alguien.

UGARTE.– Ahí nos vamos entendiendo. Pero usted se iba, ¿no?

CAMPOS.– Cuénteme lo de su hermana. Por favor.

UGARTE.– Ella está preocupada por nosotros, piensa que en cualquier momento nuestro contrato se va a la mierda, que yo lo voy a echar. Me dice: Ugarte, no lo eches al Campos…

CAMPOS.– Esa no es la voz de su hermana.

UGARTE.– ¡Me cache! Estoy haciendo fonomímica.

CAMPOS.– Además ella me decía Pepe, no Campos.

UGARTE.– Ma’ si, tómeselas quiere. Uno tiene paciencia, pero…

CAMPOS.– No se caliente, cuente.

UGARTE.– Y bueno, que ella me pide eso, que no nos separemos, que siempre esté a su lado para que usted no se bandee.

CAMPOS.– ¿Yo bandearme?

UGARTE.– Y hoy sin ir más lejos se fue de afano. Me aconsejó que lo cuide y que hagamos todo lo posible para que el negocio familiar siga funcionando.

CAMPOS.–  (desconfía) ¡Quiero verla!

UGARTE.– Cuando quiera, me avisa y…

CAMPOS.– Le estoy avisando.

UGARTE.– Pero usted sabe como es esto Campos, no es un teléfono, tiene sus bemoles.

CAMPOS.– (piensa y decide irse)

UGARTE.– Si yo le pido de hablar con el viejo, usted me comunica en el acto.

CAMPOS.– No.

UGARTE.– Ve, yo también necesito tiempo.

CAMPOS.– Hasta hoy a la noche, no más, quiero hablar con ella esta misma noche.

UGARTE.– Le hago la comunicación si hace andar la calesita. Si vuelve andar le hago una transmisión en vivo y en… le comunico.

CAMPOS.– Trato hecho, Ugarte. Manos a la obra.

Campos se escupe las manos y comienza a hacer una fuerza terrible para poder mover la calesita, que no cede.

UGARTE.– ¡Fuerza, carajo! ¡Fuerza!

CAMPOS.– Algo la traba. Algo la traba.

UGARTE.– No se achique. Métale para adelante.

CAMPOS.– Me quedo sin aire.

UGARTE.– ¡Fuerza! ¡Fuerza! ¡Fuerza!

CAMPOS.– No doy más, me muero.

UGARTE.– Métale que la tiene.

CAMPOS.– No se mueve.

UGARTE.– ¡Por ella, mierda, hágalo por ella! O acaso no le quiere hablar.

CAMPOS.– No me entra el aire, Ugarte, no me entra.

UGARTE.– Si la mueve la muerta habla, sino musa.

CAMPOS.– El viejo ¡Fuera viejo!

UGARTE.– ¡Qué viejo! El asma, usted delira.

CAMPOS.– El viejo, Ugarte, el escorpión.

UGARTE.– ¿Qué escorpión?

CAMPOS.– El centauro, relincha el centauro.

UGARTE.– No lo escuche, tire pa´ delante y no lo oiga que es un chanta.

CAMPOS.– Es fuertísimo el Centauro y tira en contra, él la frena.

UGARTE.– Usted está bloqueado, m´hijo, siga adelante. Piense en ella, piense en mi hermana.

CAMPOS.– No puedo, no puedo ¡Relincha!

(Comienza a relinchar y cae al piso presa de un ataque)

UGARTE.– (le tira un balde con agua) ¡Juera, Satanás!

Campos queda en el piso temblando. Ugarte se apiada y le trae una cobija agujereada. Lo sienta en la calesita.

UGARTE.– Sabe una cosa, Campos, usted siempre ofició de pelotudo.

CAMPOS.– Lo sé, Ugarte.

UGARTE.– No, no lo sabe todo. Cómo explicarle, ella… usted sabe como son las mujeres.

CAMPOS.– ¿Cómo?

UGARTE.– Las mujeres, Campos, las mujeres. ¿Vio el caballo?

CAMPOS.– ¿Qué caballo? ¿No era burro?

UGARTE.– No hablo de este burro. Olvídese de eso, quiere. La naturaleza, todo es naturaleza. El hombre es naturaleza, y si nos preguntamos para qué…

CAMPOS.– ¿Para qué, qué?

UGARTE.– ¡Eso! ¿Para qué, qué?

CAMPOS.– ¿Qué?

UGARTE.– ¿Qué?

CAMPOS.– Qué tiene que ver con las mujeres.

UGARTE.– ¡Ah! Las mujeres. ¡Uuuuhhh! Mi hermana, su naturaleza, una mujer… eh… ¿Vio el burro?

CAMPOS.– No se complique más. Ya lo sé.

UGARTE.– ¡No, no sabe nada! ¿A ver diga, por qué lo mandaban correr?

CAMPOS.– Dos horas corría. Dos horas bajo la lluvia, con seis grados bajo cero, dos horas.

UGARTE.– Y ella y el viejo le tomaban el tiempo.

CAMPOS.– “Vas a ser un campeón”, decía el viejo.

UGARTE.– “Uno de esos que no se empardan”, decía el viejo.

CAMPOS.– “Dos horas por lo menos tenés que hacer por día”, decía el viejo.

UGARTE.– “No vuelvas sin haber hecho dos horas”, decía ella.

CAMPOS.– Y se la pasaban en el cuartito de la calesita.

(Silencio)

UGARTE.– Mientras el burro giraba.

CAMPOS.– Mientras el burro corría. Por eso la mate. Cuando se durmió, le dejé cerca de las colchas el mechero.

UGARTE.– Se prendió fuego toda la villa. Y yo lo fui a buscar al café y le dije Campos… “se prendió fuego todo, Campos”. Y usted un artista, lloraba. Lloró como tres días.

CAMPOS.- Esa noche, se acuerda, me fui detrás de la mina.

UGARTE.- ¿Del travesaño de la pollerita, querrá decir? Fue la noche de su confusión sexual. Pero entonces… ¡No la mató! ¡Entonces no la mató! ¡El fuego suyo lo apagué yo con un chorro hidráulico de riñón!

CAMPOS.- Esa fue la noche que se tomó treinta y dos latas de la Pilsen.

UGARTE.- No, esa fue otra, la del incendio fue tres días después, yo seguía con orines acumulados, cuando mié las cubijas, al rato no más se vino el fuego, pero  del vecino que se colgó de la trifásica y prendió la licuadora. Usted no es un asesino. No llore.

CAMPOS.– Sigo llorando, Ugarte, sigo llorando. Al viejo también lo maté. Está enterrado acá abajo.

UGARTE.– Eso sí que es mentira, al viejo lo maté yo. Se fue a la tarde después de tomarse dos tazones de veneno, y no volvió más.

CAMPOS.– ¡Ah! Me va a decir a mí. ¡Yo lo maté!

UGARTE.– Le puse raticida, se acuerda, le dije “Campos, vaya a comprar raticida” y usted dijo “ya voy”.

CAMPOS.– “No se retrase”, me dijo y yo le dije “no se preocupe, deme la guita” le dije.

UGARTE.– Y usted trajo un puñado, se acuerda, me dijo “acá está, doscientos cincuenta gramos, con esto mata a un burro”.

CAMPOS.– “Son ratas, no burros los que quiero matar” me dijo. Y se metió para adentro con la harina.

UGARTE.– (zafa y se trenzan en pelea) ¿Harina? ¿Eso me compró? Ve que ni pa´ mandado sirve. Lo voy a cagar a patadas.

CAMPOS.– ¿Qué sabía que quería envenenar al viejo? Me comí dos sambuches de salame y un litro de vino. ¿Se acuerda de ese día?

UGARTE.– Saciado, el día que estaba saciado. Si hasta color tenía en las mejillas. (se percata) ¡Hiju´e puta! ¡Asesino! Matar a un viejito indefenso.

CAMPOS.– No joda, Ugarte, que usted lo quiso envenenar. El viejo se cansó de comer engrudo.

UGARTE.– ¡Criminal seriado! ¡Fotocopia homicida!

Se tira sobre Campos que se lo saca de encima y le muestra un facón.

CAMPOS.– Con esto le pinche la panza.

UGARTE.- No puede ser, eso lo chorie ayer al chino del mercado.

CAMPOS.- Vamos a ver si no puede ser. Ahora el que va a hacer de burro sos vos. Y vas a empujar, hasta deslomarte, vas a empujar la calesita. Empujá, basura, empujá si no querés que te pegue un puntazo en la panza.

Ugarte empuja pero no la mueve. En un descuido de Campos se abalanza sobre él y le quita el cuchillo.

UGARTE.– Así te quería tener. Ahora soy yo el que te va a puntear.

CAMPOS.– No puede, por contrato no puede.

UGARTE.– ¿Por contrato? ¿Y en qué parte del contrato dice eso?

CAMPOS.– Acá. (le amaga con una mano y con la otra le saca el arma) ¡Ahora sí! ¡Vamos a ver quién de los dos muere!

UGARTE.– Está bien, ganaste, pero antes de morir quiero darte un regalo.

CAMPOS.– ¿Qué regalo?

UGARTE.– ¡Este!

Le quita el arma. Enfrentados, uno muy cerca del otro, se sacan el cuchillo un sinnúmero de veces, hasta que hartos tiran el arma. Luchan cuerpo a cuerpo. Caen al piso. De pronto, se escucha un relincho. Se separan.

UGARTE.– ¿Y eso?

CAMPOS.– El viejo.

UGARTE.– ¿Qué dice?

CAMPOS.– Qué no peleemos más, dice.

UGARTE.– ¡Tatita! Voy a lavar el honor de la familia.

Se escucha un relincho.

CAMPOS.– (que parece entender) Está bueno.

UGARTE.– (desconfiado) ¿Qué dijo?

CAMPOS.– Que no se derrame sangre entre nosotros. Dice qué está muy bien ahí donde está con su hermana, dice.

UGARTE.– Ya debe de haber puesto un quilombo el viejo puto. (Relincho) Con respeto, claro.

Relincho.

CAMPOS.– Debía de ser así no más. Me voy.

UGARTE.– ¿Adónde va a ir? Hermano.

CAMPOS.– Al mundo. Será que he nacido para boyar.

UGARTE.– Venga, quédese. (Campos amaga a irse) Nos cerraron todas las puertas. Caguémonos  de frío y de hambre, pero al menos juntos.

CAMPOS.– No quiero más negocios con usted, Ugarte, ni afano ni merca ni nada. Ya bastante me fajaron.

UGARTE.– La calesita, boludo, la calesita. Los pibes dando vuelta, las monedas. ¿Viste las monedas? Es un negocio de monedas… para el pan, para pagar la birra, para putas. Si nos va bien con los angelitos, hasta putas vamos a tener.

CAMPOS.– Si no anda. La empujaste y no anda.  Si la recontra empujé y no anda.

UGARTE.– Pero los dos juntos…

CAMPOS.– ¿Juntos?

UGARTE.– ¡Sí, burro! Lomo con lomo. Vení, coloquémonos frente al palo que está a la izquierda. Ese, muy bien. Ahora, arqueemos el cuerpo hacia adelante, estiremos las extremidades superiores, tomemos con las manos el mentado báculo y ejerzamos una presión de atrás hacia adelante.

CAMPOS.– ¿Qué?

UGARTE.– ¡Empujemos, carajo! ¡Empujemos! Que para eso estamos, para empujar.

Ugarte comienza a empujar con todas sus fuerzas. Campos duda, después se afirma junto a Ugarte y comienza a empujar

CAMPOS.– Se mueve, parece que se mueve Ugarte.

UGARTE.– Empujemos, empujemos…

Relincho final.

  TELON

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