SI TOCAS CALCUTA

«Somos un país cálido.  ¡Un país cálido, Demarchi! Y un país cálido no puede dar otra cosa que bananas, café,  pero no desarrollo. La inteligencia, las costumbres, el honor se reblandecen con el calor. La religión se transforma en macumba, la estética y las artes en folklore, la filosofía en tango y el amor en puterío.»

Marcelo Marán

«SI TOCÁS CALCUTA»

 

de Marcelo Marán

PERSONAJES:

RAÚL DEMARCHI             PROMETEO LÓPEZ

ESTELA                                  PINA

PERIODISTA                        TANGUERO 1

TANGUERO 2                        ROMUALDO

COREANO

———————————————————————

El espacio escénico representa una pista de atletismo, con uno de sus costados más elevado.

         En el centro de la pista se apilan cajas, valijas y baúles de viaje; por momentos parecen evocar  un podio de ganadores, por momentos un tótem, por momentos  una desordenada mudanza. De allí salen los personajes, que modifican esta estructura según las necesidades de cada situación.

         El clima de la obra refleja el estado de crisis económica y miseria general en el que están sumergidos todos los personajes, especialmente a partir del vestuario.

         La acción comienza con un hombrecito de edad, que puede dar en un primer momento la idea de un pobre jubilado en su habitación de pensión. De pronto, el inofensivo abuelo comienza a extraer de los baúles probetas, retortas, tubos de ensayo; ahora aparece como uno de aquellos estereotipos cinematográficos del científico loco. En la actividad de mezclar elementos y líquidos simula una explosión, con la clara intención de atraer a alguien con el ruido. Es así que queda tirado, como si verdaderamente estuviese muerto. Tras unos segundos entra corriendo Raúl Demarchi, joven desocupado, que visten pantalones cortos, medias, musculosa y zapatillas deportivas, todo debajo de un gabán o piloto negro. Además de carecer de trabajo, su máxima aspiración es poder triunfar como marchista, para lo cual se entrena continuamente. En su desesperada carrera por sobrevivir se deja seducir por discursos individualistas que lo llevan a perseguir quimeras de gloria.

         Los personajes de Prometeo López, Tanguero 1 y Romualdo pueden ser interpretados por el mismo actor.

 

Demarchi ha entrado con su paso de marchista. Se acerca al cuerpo del viejo, Prometeo López, y lo cree muerto. No sabiendo qué hacer se dispone a salir, cuando Prometeo se incorpora súbitamente y lo detiene.

PROMETEO.– ¡Ja! Me creyó muerto.

DEMARCHI.– (asustado y confundido) Yo…

PROMETEO.– (abalanzándose sobre Demarchi) Un yoyoísta, un egoísta, un maldito narcisista, a notre façon.

DEMARCHI.– Usted no entiende.

PROMETEO.– “Yo”, “usted”… pronominalista, personalista.

DEMARCHI.– Soy su vecino.

PROMETEO.– (descolocado) ¿Vecino?

DEMARCHI.– Sí, vivo en el departamentito de al lado y de pronto…

PROMETEO.– ¿De pronto?

DEMARCHI.– De pronto escuché un ruido, una explosión terrible.

PROMETEO.– (orgulloso) Es cierto, flor de quilombo metí.

DEMARCHI.– Creí que se venía el mundo abajo.

PROMETEO.– (busca cualquier cosa para pegarle en la cabeza) Pero pavo, pavo, recontra pavo.  (Lo remeda burlón) “Creí que el mundo se venía abajo”. Ja, ja, ja… tan solo por un escándalo de murciélagos, por una pedorrina de probetas. ¡El mundo! Demarchi, ¡El mundo! Demarchi… avanza impertérrito.

DEMARCHI.– (asombrado de que el otro conozca su apellido)

Demarchi…

PROMETEO.– (tomándole la mano y estrechándosela fuertemente, se presenta) Prometeo, Prometeo López, mucho gusto.

DEMARCHI.– ¿Cómo lo sabe?

PROMETEO.– (molesto) ¿Qué es lo que intenta decir, señor Demarchi? ¿Qué acaso desconozco mi identidad? ¿Eso es lo que quiere decir? O propone tal vez un tropo. Quiere llevar a metafísicas aguas algo tan simple… (se pone exageradamente sentimental) tan prístino, tan puro, como lo es el nombre que nuestros padres, en acto de amor ineluctable, nos adhieren definitivamente al pecho. ¿Eh? ¿Eso es lo que quiere?

DEMARCHI.– (sin entender nada) Perdone, Prometeo, pero creo que estamos confundidos… (Lo estudia temeroso) al menos yo lo estoy. Lo que no entiendo es cómo sabe mi nombre.. ¿Cómo es que me conoce?

PROMETEO.– ¡Ah! (Busca algo entre las valijas y cajones) ¡Ah! Nuestro hombre de voz ronca y bigote varonil tiene la inocencia de una virgen antes de ser penetrada por diez emires turcos. (Encuentra lo que estaba buscando. Una gran nariz falsa  que se ata con piolines) ¡Ajá! ¡Aquí está! ¿Lo ve?

DEMARCHI.– Ya sé, olfato.

PROMETEO.– “Olfato, olfato”. Esto que usted ve aquí es un “Apéndice Nasal Portátil” y ¿Qué lee aquí?¿Qué lee? ¿Qué lee?

DEMARCHI.– Made… in… Germany.

PROMETEO.– ¡Ta! (Pavoneándose) ¡Germany! ¡Germany! ¡Germany! ¡La gloriosa Alemania! Este aparato, de intrincada factura, es un selector de olores. Todo hombre que carezca de buena nariz con él puede reconocer a más de mil metros el aroma de una margarita. (Alegre) ¡Alemania!¡Europa! Amigo… amigo… amigoooo… (ha olvidado su nombre).

DEMARCHI.– Demarchi.

PROMETEO.– ¡Cierto! Demarchi, bien hoy lo decíamos.

DEMARCHI.– Si, pero todavía no me explicó cómo pudo usted saber…

PROMETEO.– (interrumpiéndolo) Su bendito apellido. Muy fácil, muy fácil. Calzado que hube mis cornetes de cartón piedra, la otra tarde, comencé a sentir una fragancia profunda a caballo sudado, a burro masajeado con bálsamo. Y me dije a mí mismo: Amigo, Prometeo, ese es el trato que me doy, Amigo Prometeo ¿qué podemos sacar como conclusión de esta bajeza que proponen las sensaciones? ¿qué podemos extraer como síntesis de la peligrosa experiencia de los sentidos? ¿qué? Que el portador de tan almibarado aliento es un deportista que en su kinestésica actividad (Se pone en movimiento como un verdadero deportista, a lo que se suma Demarchi) se fricciona las extremidades con linimento para caballos. ¿Miento? (Comienza a dar vueltas alrededor de la pista) ¿Miento?

DEMARCHI.– (siguiéndolo maravillado) No. No.

PROMETEO.– Además, esta maravillosa protuberancia, hija de la invención europea, me dice, y yo así le creo, que a tan aromático emplasto se le suma un tufillo ácido como el que producen, y solamente ellos, los huesos de las caderas cuando son balanceados por un marchista. (Comienza a moverse con en contoneo particular de los marchistas) ¿Miento? ¿Miento?

DEMARCHI.– ¡Sensacional!¡Maravilloso! Y ahora mi nombre, ¿cómo supo mi nombre?

PROMETEO.– (parando en seco. Demarchi lo choca y estropea la nariz. Prometeo, muy serio deja la nariz postiza a un lado, busca en sus bolsillos y saca una carta. Lee el remitente) “Señor Raúl Demarchi”. Y siendo mi único vecino. (Le da la carta a Demarchi para que la lea, pero antes de que éste reaccione se la saca y la tira. Vuelve a embarullarlo con su parloteo) Y todo producto de quién, Demarchi, ¿de quién?

DEMARCHI.– De Germany.

PROMETEO.– (como a un alumno) Ya ve, va aprendiendo. De los alemanes, de la Europa, del frío señor Demarchi, del frío.

DEMARCHI.– ¿Del frío?

PROMETEO.– (confidencial) ¡Cómo! ¿No lo sabe?

DEMARCHI.– No.

PROMETEO.– Somos un país cálido.¡Un país cálido, Demarchi! Y un país cálido no puede dar otra cosa que bananas, café,  pero no desarrollo. La inteligencia, las costumbres, el honor se reblandecen con el calor. La religión se transforma en macumba, la estética y las artes en folklore, la filosofía en tango y el amor en puterío.

DEMARCHI.– Todo por el calor.

PROMETEO.– Café y bananas.

DEMARCHI.– Bananas y café.

PROMETEO.– Así es, Demarchi. El hombre sudamericano busca culpables por todos lados. Cree que son los grupos de gobierno, cree que son las multinacionales, cree que son los marcianos y todo es cuestión de unos cuantos grados más o menos.

DEMARCHI.- ¡Qué cagada! Y eso que cuando hace calorcito a uno le parece que la cosa anda mejor ¿no?

PROMETEO.– ¡Sobón! ¡Espíritu débil! Mire nuestra Alemania, un frío de cagarse, pero valor. Cuna de la raza del mundo.

(Le da la espalda y comienza a trabajar nuevamente en sus inventos sin prestarle demasiada importancia)

DEMARCHI.– ¡Qué bárbaro! Bue… me alegro que lo de la explosión no haya sido jodido. Bue… hasta luego.

PROMETEO.– Deténgase, muchacho, deténgase. Me ha caído simpático, verdaderamente simpático. Además, es un deportista, y los deportistas, convengamos, son hombres ordenados, que aceptan la organización y practican la higiene.

DEMARCHI.– Bueno, en cierta manera.

PROMETEO.– En cierta manera, sólo en cierta manera. Porque de otra manera este calor no los deja pensar con criterio analítico. Es lamentable, pero es así Demarchi, es así. Están abandonados en manos de la estupidez, de la estolidez, de la inmediatez.

DEMARCHI.– ¿Tan jodidos andamos?

PROMETEO.– ¡Así es! Peor que jodidos, señorito, peor, acabados.

DEMARCHI.– Y ¿la solución?

PROMETEO.– “La solución, la solución”, escapar Demarchi, huir, poner patitas en polvorosa, correr. ¿A ver? ¡Corra! Demarchi ¡Corra!.  (Demarchi comienza a dar vueltas) Más rápido, Demarchi, el futuro está allá. Persígalo, no lo deje escapar. ¡Vamos, Demarchi! ¡El futuro está allá! Lejos de las bananas, del café, de este calor. ¿Lo ve?

DEMARCHI.– (sin detenerse) No.

PROMETEO.– ¿Lo escucha? ¿Escucha la música triunfal, wagneriana del futuro?

DEMARCHI.– No.

PROMETEO.– ¿Lo huele? ¿Siente el aroma excitante del progreso?

DEMARCHI.– No.

PROMETEO.– ¡Stop! (Demarchi queda clavado y jadeando) Pero lo suyo muchacho es un problema de sensibilidad.

DEMARCHI.– ¿Le parece?

PROMETEO.– Usted no tiene un carajo de sensibilidad.

DEMARCHI.– ¿Usted cree?

PROMETEO.– Una mierda.

DEMARCHI.– Eso es malo ¿no?

PROMETEO.– (mueve la cabeza afirmativamente) En otro contexto… (mueve la cabeza negativamente) …sí.

DEMARCHI.– Entonces… (mueve la cabeza afirmativamente) …no es tan malo.

PROMETEO.– En este contexto… (mueve la cabeza afirmativamente) …no(Se dicen que sí y que no con las cabezas hasta que Prometeo, cansado del juego, le pega una cachetada) ¡Basta! No me contradiga, Demarchi. Tenga, colóquese mi fabuloso “Apéndice Nasal”. Tenga, vamos. No repare en otra cosa que no sea el olorcito seductor del futuro, del progreso, del nuevo mundo. (Le coloca la nariz postiza) Y márchese, Demarchi, márchese marchando pero no a cualquier parte de marcha, Demarchi, marche marchando a la Alemania. (Recuerda algo) ¡Oh! (Saca una carta) Aquí tiene, por ejemplo, el otro día me llegó esta carta. Se organizan en Otobunderland los festejos de la ciudad y habrá allí una carrera de marchistas. Aproveche para ir, Demarchi, puede ser su primer paso para vivir de verdad.

DEMARCHI.– Lejos del calor.

PROMETEO.– Aprende rápido el muchacho.

DEMARCHI.– Lejos de las bananas y el café.

PROMETEO.– Tienes mucho futuro, hijo. (Recuerda) ¡Oh! Café, bananas… (rebusca por todos lados) ¡Mmm! Muchacho, lamento tener que cobrarte unos pesos por mi invento. Comprenderás, vivo de esto y hablaste de café, si tuviera que invitarte no tendría con qué, todos mis frascos están vacíos. Las bananas, un lujo, apenas he podido comprar un kilo de mandarinas, y con el frío que hace sin kerosene.

DEMARCHI.– No, por supuesto, Prometeo, por supuesto. Yo no pensaba que usted me iba a dar todo esto gratis, claro que mucho… (Saca unos cuantos billetes que Prometeo rápidamente le saca de las manos)

PROMETEO.– Suficiente. Adelante muchacho, a marchar Demarchi. Y no olvide, que otros se rompan el lomo en estos países bananeros. ¡Sudamérica! ¡Ja! Parcela inculta, corral de bestias. En cambio Alemania, Demarchi, Alemania. Allí está el futuro. ¡Marche, Demarchi, marche!

 

Prometeo se esconde feliz contando los billetes. Demarchi, mientras, corre alrededor de las valijas. Por uno de las costados aparece Estela, muchacha joven y hermosa, esposa de Demarchi; y Pina, la suegra de éste. Al cerrar y abrir valijas la escena se transforma en la cocina de una pieza humilde.

Pina es una vieja italiana que vive con su hija y su yerno, ayudando a Estela en los quehaceres domésticos. Cuando Demarchi entra ambas están preparando la comida. Él viene con la nariz de cartón puesta y con su gabán negro sobre los hombros.

 

DEMARCHI.– ¿Qué tal? (Las mujeres gritan como si hubieran visto a un monstruo) ¿Qué pasa?

PINA.– (muerta de miedo) Un pipistrelo.

ESTELA.– (pegándole con el cucharón de la sopa) ¡Fuera! ¡Fuera pajarraco!

PINA.– ¡Que mostruositá! ¡Madonna santa!

ESTELA.– (que le ha magullado la nariz postiza) ¡Fuera bestia!

DEMARCHI.– ¡Basta mujer! Soy yo, tu marido, Demarchi.

ESTELA.– ¡Raúl! Me querés decir que hacés disfrazado y con ese pico.

DEMARCHI.– No es un pico.

PINA.– (sin querer mirar) ¿Ya voló el pipistrelo?

ESTELA.– Lo que sea, espero que no te haya visto ninguna vecina. Te imaginás lo que dirán de nosotros.

DEMARCHI.– ¡Qué me importa! ¡Qué me importa! Esto es el pasaporte a la fama: las finales de Otoburlenland.

PINA.– Echale Raid, nena, no le des charla a ver si te pica.

ESTELA.– ¡No mamá! Es Raúl.

PINA.– Pacarón. ¿Le parece que es broma para hacer a una pobre vieca? Grandulón.

DEMARCHI.– No es una broma, doña Pina, esto (golpea su nariz) es un pasaporte.

ESTELA.– Sacate inmediatamente esa porquería, querés.

DEMARCHI.– Esta “porquería” es nada más ni nada menos que un Pendis Nasal… (Comienza a oler con exageración. Se acerca a Pina, esta huye)

PINA.– Usted está enfermo. Si no está ojeado esta empachado, o tiene la culebrilla.

(Estela intenta sacarle la nariz, Demarchi la detiene)

DEMARCHI.– Sin tocar, que es alemana.

PINA.– ¡Alemania! ¡Santo Dio!

ESTELA.– Y a mí qué me importa de dónde sea.

PINA.– Due guerra perdimos por los alemanos.

DEMARCHI.– (a Estela) No, por supuesto que a usted no le importa. Claro, si esto fuera del maridito de alguna de sus amigas la cosa sería distinta ¿no? Pero ya va a venir con el caballo cansado. Las finales de Otroburdel, ¿qué tal? ¿les suena eso? (Se rasca el trasero)

PINA.– ¡Ya está! Le pica el culo, tiene pesadillas, dopo: ¡Está bichado! (Le hace la señal de la cruz)

DEMARCHI.– Pesadillas no, pesadillas no. ¡Visiones! Eso es lo que tengo.

PINA.– No te dije, tiene lumbrices. Tu marido tiene lumbrices. Hay que picar ako, hay que picar ako. (Comienza a buscarlo) El ako es mortal para las lumbrices. Ma, ¿dónde caraco está el ako?

DEMARCHI.– (exaltado) No, no es lo que usted cree, doña Pina. Tengo visiones, me veo triunfando en Alemania. Paseando en carrozas repletas de flores mientras unos gordos rubios y colorados levantan sus jarros de cerveza. ¡Alemania! Lejos de este país donde el calor no nos deja desarrollar el bocho.

PINA.– ¿Calor?

ESTELA.– ¿Qué decís? Deben de hacer tres grados bajo cero.

DEMARCHI.– Lo que oís. Aunque sea lo último que haga en mi vida voy a conseguir tres pasajes y nos vamos a ir a Alemania. ¡Qué joder!

PINA.– Alemania, ¡Santo Dio!

ESTELA.– Bueno, basta de pavadas, Raúl.

PINA.– Due guerra perdimos por los alemanos.

ESTELA.– Estoy harta de ver como los demás consiguen cosas, se acomodan aquí o allá y nosotros estamos cada vez peor.

DEMARCHI.– ¿Vas a empezar de nuevo con tu colección de maridos modelo?

ESTELA.– Sí, ¿por? Según vos la Pochi se casó con un abogaducho ¿no?

DEMARCHI.– Abogaducho.

ESTELA.– Parece ser que el abogaducho ya es síndico de la fábrica más grande del país en alimentos de soja, y cada cuatro días aparece su nombre en el diario.

DEMARCHI.– (hace gestos de que el nombre aparece chiquito y de que el tipo es un escalador) Un trepa.

ESTELA.– “Un trepa”… Lili se fue a vivir con un ¿gordito ridículo?

DEMARCHI.– Panzón ridículo.

ESTELA.– Un “panzón ridículo” que hoy es Gobernador del Rotary Club. Gobernador.

DEMARCHI.– (hace gestos y ruidos de serruchar)

ESTELA.– “Un serruchador”… Clara, la más fea de la barra, se casó con un militar…

DEMARCHI.– (la corta) ¡Ahí te cagué! Te cagué, te cagué, porque el miliquito ese lo engancharon en un negociado de armas.

ESTELA.– Para que lo sepas, al “miliquito” ya lo largaron, lo ascendieron y le aumentaron el sueldo.

DEMARCHI.– ¡Ah! ¡No! Pero viejo, en este país cualquiera…

ESTELA.– Cualquiera menos vos, Raúl. Porque vos me engañaste, me dijiste que tenías una carrera por delante. ¿Y? ¿Dónde está la carrera? ¿Dónde están las promesas? ¿Dónde está la plata?

DEMARCHI.– ¡La plata!

ESTELA.– Cierto. Dame la plata que fuiste a buscar a lo de mi hermano que tengo que pagar la luz. (Demarchi mete la mano en los bolsillos y se da cuenta que se la gastó) ¿Qué pasa? No me vas a decir que se te perdió.

DEMARCHI.– Bueno, no exactamente.

PINA.– ¡Lo asaltaron!

DEMARCHI.– (avergonzado) La nariz, compré la nariz.

PINA.– ¡Pelotudo!

ESTELA.– ¡Mamá! (A Raúl) ¡Pelotudo!

DEMARCHI.– Insulten nomás, ríanse también, si quieren. Pero nunca van a salir de la mediocridad de este país bananero.

PINA.– ¿Bananero?

DEMARCHI.– Sí, bananas y café.

ESTELA.– ¿Pero quién me mandó casarme con vos?

PINA.– ¡Sanseacabó! A curarle las lumbrices. (Lo persigue con una cuchara) Se me come enterito el ako. Por ahí lo repite un poco, pero va a ver los gusanos gordos que va a lanzar.

DEMARCHI.–  Espere doña Pina, oíme Estela. El asunto es claro. Las bananas, todos nuestros problemas se originan con las bananas.

PINA.– La banana es inofensiva.

DEMARCHI.– El clima, el maldito clima, que las hace crecer en forma desordenada, salvaje. En cambio Alemania. ¿Alguna vez vieron a algún alemán comiendo bananas? ¿Alguna vez escucharon a algún alemán decir Strudel Dolca, el mejor café de Berlín? ¿Lo escucharon? Digan. ¿Lo escucharon?

PINA.–  ¡Santo Dio! Alemania.

DEMARCHI.– Alemania, sí doña Piña, Alemania. ¿Sabe cuál es el ingreso per capita de un alemán? ¿Lo sabe? ¿Lo sabe?

PINA.– ¡Qué sé yo de esos inmundos!

DEMARCHI.– (a Estela) ¿Y vos?

ESTELA.– No sé, ¿cuánto?

DEMARCHI.– No sé, pero mucho más que acá. Como cien veces más.

ESTELA.– (interesada) ¿Cien veces más? Pero eso es mucho.. (Para sí) La cagué a la Pochi. (A él) ¿Estás seguro? ¿Cien veces más?

DEMARCHI.– (triunfal) Por lo menos, o acaso escuchaste que alguien se haya muerto de hambre en Alemania. Nadie, absolutamente nadie. Ahí tenemos que ir, sea como sea, a competir y llenarnos de guita. ¿De qué vale trabajar acá? Si nunca voy a poder salir del pozo, en cambio en Alemania. Los mejores hoteles, piletas olímpicas, saunas. Esa es vida para un campeón y su mujercita. (La ha ido apretando con juegos amorosos contra la pared) Tenemos que llegar a Estro… Estro…  ¿Cómo se llamaba?

PINA.– (a Estela) Nena, tenémelo a mano. Voy a buscar acaroina, así lo desbichamos como Dios manda. El ako como medicina sirve, pero este es un caso fatal, en cualquier momento le agarra un ataque (Sale).

ESTELA.– ¿Cien veces más decís? Y eso en plata argentina. ¿Cuánto es?

DEMARCHI.– (sigue en lo suyo) Estro… Estro… ¿cómo carajo era?

ESTELA.– ¿Cuánto?

DEMARCHI.– ¡Qué sé yo, un fangote! Estro… Estro… Justo ahora me vengo a olvidar que tengo que pedir los pasajes al club. En Alemania es seguro.

PINA.– (pasa llevando cosas) Alemania. ¡Santo dio! Due guerra…

ESTELA.– Che ¿un fangote decís? La Pochi se cae de culo. (Lo mira a Raúl e intenta ayudarlo) Estro… ¡Estrómboli!

DEMARCHI.– No, Estrómboli no. ¿Qué carajo digo en el club?

ESTELA.– Ellos te tienen que dar los pasajes igual.

DEMARCHI.– Sí, pero sin el nombre. Estro…

ESTELA.– No, que no se hagan los piolas. Vos también, si al menos te hubieras federado.

DEMARCHI.– Estro… ¡Estrombótico! No. ¿Y vos que sabés de eso?

ESTELA.– ¿De qué?

DEMARCHI.– De eso, de federarse.

ESTELA.– Todos lo dicen.

DEMARCHI.– “Todos”. ¿Quiénes son todos?

ESTELA.– Qué sé yo, la gente, todos, los del club.

DEMARCHI.– ¿Qué es lo que dicen los del club?

ESTELA.– Que harías mejor federándote.

DEMARCHI.– Ah, y me querés decir que andás hablando en el club, ¿eh?

ESTELA.– Mirá vos, todavía que llevo una vida miserable entre estas cuatro paredes, me voy a privar de ir de vez en cuando al club.

DEMARCHI.– Sabés que son todos unos chusmas. Las minas son todas chusmas y los tipos unos buscas.

ESTELA.– Con no darles pie. (Se pone a barrer).

DEMARCHI.– No darles pie no alcanza. No hay que hablarles, hay que pararse a tres metros, la espalda contra la pared.

ESTELA.– Siempre el mismo exagerado. Alemania, ya veo donde va a terminar todo este asunto del viaje. Otra excusa para atacarte con tus celos.

DEMARCHI.– Mirá Estela, yo a las minas del club me las conozco a todas, y son todas unas reverendas putonas.

ESTELA.– (se para en seco) Y eso qué tiene que ver conmigo. ¿Qué querés decir con eso? (Ahora barre contra él).

DEMARCHI.– Dime con quién andas…

ESTELA.– (le pega una cachetada) Para que aprendas a diferenciar.

DEMARCHI.– No te aprovechés de que…

ESTELA.– (enojadísima) Y correte de acá que estoy barriendo. ¡Qué ilusa que soy! Viajar, ¿dónde va a viajar? De última, qué me va a importar a mí si se federa o no.

DEMARCHI.– ¡Ah! Ahí está, a vos te importa una mierda que yo triunfe. Te importa un carajo que aparezca en los diarios, que sea el ídolo del barrio. Seguro que si fuera Pirulo.

ESTELA.– ¿Qué Pirulo?

DEMARCHI.– Hacete la boluda. Pirulo, el Campeón Municipal de Natación.

ESTELA.– ¿Y qué tengo que ver yo con Pirulo?

DEMARCHI.– ¡Ah! Nada ¿no? Acaso no ibas con tus amiguitas, las esposas de esos importantes cornudos, a ver las competencias de natación. ¿No ibas?

ESTELA.– Sí, ¿y?

DEMARCHI.– ¿Y él no se paseaba acaso con un slip así de chiquitito? ¿O acaso no tenía dos bolas  como toronjas? Me vas a decir que nunca le miraste el bulto, me lo vas a decir.

ESTELA.– Pero qué clase de mujer te crees que soy. Pirulo era amigo de mi hermano, para que sepas. Si alguna vez hablé con él…

DEMARCHI.– ¡La prueba del delito!¡La prueba del delito!

ESTELA.– Lo que a vos te pone loco es que la federación a él lo hizo triunfar, lo vistió de punta a punta.

DEMARCHI.– (ofensivo) La federación lo viste y la degenerada lo desviste. Linda relación sexual-deportiva practicaban.

ESTELA.– ¡Vos qué te crees, infeliz! ¿Qué voy a dejar que me sigas insultando como a una cualquiera? ¿Eh? ¡Hablá! ¡Hablá!

DEMARCHI.– Confesá que se lo miraste… (falso) Yo no me caliento.

ESTELA.– ¿Sabés lo que le miré a Pirulo?¿Sabés?

DEMARCHI.– (Hace gestos) El…

ESTELA.– No, no le mire el (repite el gesto de Demarchi) como se le ocurre a tu mente podrida. Le miré la fuerza que ponía para llevarse todo por delante y triunfar. Pensando que tal vez vos algún día…

DEMARCHI.– Yo también voy a triunfar, y no me va a hacer falta la federación. Porque la federación no sirve para un carajo. Romualdo…

ESTELA.– Romualdo, viejo verde que lo único que sabe es tirarse lances.

DEMARCHI.– Lo único que sabe es dar buenos consejos, porque es un padre para mí.

ESTELA.– No se hable más. ¿Es un padre para vos? Bueno, que papá se pongo, que el club se ponga. Vamos a ver si ellos te dan la guita.

DEMARCHI.– Ellos no pueden negarse.

ESTELA.– Por eso, andá. Andá a que Romualdo te ponga la plata. Pero que no quede todo esto en otro berretín tuyo. Raúl, entrá por esa puerta con los pasajes ¿eh? Con los pasajes.

DEMARCHI.– Al club, claro que sí. ¡Qué tanto! ¿O a ellos no les conviene acaso? (Ha comenzado a correr nuevamente. Queda solo, iluminado por un cenital. Corre en el mismo lugar) Al club bien que le interesan las competencias internacionales. Saben que los puedo representar perfectamente en Estro… Estro… ¡Ahí! ¡Qué alegría les va a dar cuando me escuchen por la radio!

 

Aparece un periodista que se pone a corre junto a él. Lo apunta con el micrófono. Es una fantasía de Demarchi

 

PERIODISTA.– ¿Cómo se sintió nuestro héroe cuando cruzó la meta final?

DEMARCHI.– Me encontré con un Demarchi tranquilo, que sabía lo que venía a buscar. Y por eso me lo llevé.

PERIODISTA.– ¿Sabe, Demarchi, que su nombre se inscribe desde hoy junto al de los grandes de la patria: San Martín, Fangio, Perón?

DEMARCHI.– Este Demarchi está consciente de la responsabilidad que representa ser un ídolo de multitudes.

PERIODISTA.– ¿Qué quiere dejarles como mensaje a la afición de marchistas que lo están escuchando allende los mares?

DEMARCHI.– Demarchi no tiene palabras para todos aquellos que hicieron posible este momento, sólo quiero entonar a modo de agradecimiento las estrofas finales del himno de la institución que represento: “Atlético Abnegados de Bursaco Club. (desaparece el periodista) Atlético Abnegados de Bursaco Club… ¡Ra ra raaaaa!

 

Demarchi se da cuenta de que no hay nadie. Decide seguir su marcha. Suena un tango. Al costado, dos hombres vestidos de guapos bailan

 

TANGUERO 1.– ( a Demarchi, que pasa corriendo) ¿Vas apurado, tanito?

DEMARCHI.– (mira la escena sorprendido, pero no se da por aludido).

TANGUERO 2.– ¡Bachicha!

DEMARCHI.– (se detiene) ¿Me hablaban a mí?

TANGUERO 1.– (al Tanguero 2) Acá viene el corte, siempre te perdés.

TANGUERO 2.– Te pido por la vieja, no me retés delante de la gente.

DEMARCHI.– (vuelve a correr).

TANGUERO 2.– Gringo, ¿a dónde vas?

DEMARCHI.– ¿A mí me hablan?

TANGUERO 2.– Sí, viejo, ¿por?

DEMARCHI.– Porque no soy gringo. (con vergüenza) Mis viejos eran gringos.

TANGUERO 2.– (siempre sin dejar de bailar) Se nota.

DEMARCHI.– Oiga, diga, ¿en qué se nota?

TANGUERO 1.– (al Tanguero 2) Me estás pisando de nuevo, Anselmo.

TANGUERO 2.– Si no te gusta más bailar conmigo decímelo y listo, Pardo, pero no me hagás pasar papelones delante de extraños.

DEMARCHI.– Perdón, pero… ¿en qué se nota?

TANGUERO 1.– Cocoliches, andan a los gritos, vestidos de cualquier manera. Inmigrantes.

DEMARCHI.– Lo dice como con bronca.

TANGUERO 1.– Lo digo. Inmigrantes. Mozada de lindos tipos pudimos haber sido, sin mezcla de gringo o gringa. ¿Sabe de lo que le hablo, no?

DEMARCHI.– Del frío. Aquí hace poco frío, por eso yo voy a Alemania, a cagarme bien de frío y poder desarrollarme. Sin tener que comer bananas ni nada de eso.

Los tangueros se miran desolados, en realidad quieren engañarlo con la venta de cualquier cosa y la elección de Demarchi los deja sin posibilidades.

TANGUERO 2.– Pobre pibe, tiene un sorete atravesado en el mate.

TANGUERO 1.– ¿Qué decís nene? ¿Alemania? Vos estás forfai, ¡Francia! ¡Francia! Ese es el lugar. ¡París! Pibe, Monmartre, le ciel du París. No es argentino si no se ha vivido en París, si no se ha amado y “morido” en París.

DEMARCHI.– Pero Alemania es el país del milagro alemán.

TANGUERO 1.– ¡Mentiras! El milagro alemán es un invento de los americanos: La aplicación del Plan Marshall.

TANGUERO 2.– Pardo, no te pongás teórico, por favor. Que cuando te pones teórico no te sale ni un corte, ni un quiebre como dios manda.

DEMARCHI.– Pero… ¿qué podría hacer yo en Francia?

TANGUERO 1.– Marchar, ¿acaso no es ese su oficio?

DEMARCHI.– Y, sí.

TANGUERO 1.– (extrae un mapa que mira y guarda rápidamente, sin que Demarchi lo pueda consultar) A tres cuadras de la Rue de Avignón, casi, casi, cuando el Sena gambetea la casa de Margot, la que ya no es Margarita. Bueno, ahí hay un bar, un café, y todos los fines de semana se corren carreras de mozos.

DEMARCHI.– (con respeto) Vivió muchos años en París. Se ve que lo conoce bien.

TANGUERO 1.– Nunca pude ir. Por eso bailo con el negro Anselmo, esperando la oportunidad que alguna vez se nos dé.

TANGUERO 2.– Si cada vez que pasa algún chitrulo te ponés a darle charla, poco vamos a adelantar.

DEMARCHI.– Así que marcha de mozos.

TANGUERO 1.– Sí, con bandejas, y platos, y todo.

DEMARCHI.– Por ahí puedo hacer doblete ¿no?  Digo, me pongo a trabajar en un bar y de paso corro.

TANGUERO 1.– Claro pibe, es la tuya.

DEMARCHI.– Y… ¿se gana bien?

TANGUERO 1.– ¿Si se gana bien? No te das una idea. Allá un peón industrial debe estar cobrando… (complicidad con el Tanguero 2).

TANGUERO 2.– ¡Puffff!

TANGUERO 1.– ¡Puffff! Más que acá.

DEMARCHI.– (entusiasmado) ¿Tanto?

TANGUERO 1.– (complicidad con el Tanguero 2).

TANGUERO 2.– ¡Puffffff!

TANGUERO 1.– Y más si te descuidás y más.

DEMARCHI.– La puta. Y peón industrial, que es un trabajo de mierda.

TANGUERO 1.– El último. Allá viene peón industrial y después muerto e´ frío.

DEMARCHI.– ¡Qué lo parió! Y por ahí es mejor negocio que ir a Alemania, ¿no?

TANGUERO 1.– Es otra cosa pibe, en Francia sos dueño de casa. ¿Quién no conoce allá a Gardel?¿Quién no conoce a Monzón? Si te descuidás terminás cenando con Delon.

DEMARCHI.– Eso le gustaría a mi…

TANGUERO 2.– (visiblemente perturbado) Estás completamente desconcentrado, Pardo. Perdoná, pero la seguimos otro día que no tengamos ciertos objetos molestos a nuestro lado. Bay bay (Sale ).

DEMARCHI.– (turbado) ¡Uy! Perdone Pardo, se enojó su…. ¿pareja?

TANGUERO 1.– No se haga problema, los guapos son así, duros por fuera pero de corazón blando. Perdone la infidencia. ¿Usted tiene vieja, don…? (Ha olvidado su nombre).

DEMARCHI.– Demarchi.

TANGUERO 1.– ¿Tiene vieja, Demarchi?

DEMARCHI.– No, mi madre murió cuando yo era muy chico.

TANGUERO 1.– Mejor así. Mejor así. Uno se hace hombre antes. En cambio yo, por desgracia, aún la tengo con vida. Un tanguero con madre está anulado para siempre. En el treinta iba a viajar con el Sexteto Barrios, y mamá tuvo un ataque de hipos.

DEMARCHI.– (sin saber qué decir) El hipo es peligroso.

TANGUERO 1.– Por lo menos cuando no para. En el cuarenta y siete pude viajar acompañando a la Típica del maestro Aldao, y a mamá le agarró presión al ojo.

DEMARCHI.– Floja la vieja.

TANGUERO 1.– (ofendido) No se lo permito. Un roble, lo que pasa es que somatiza la pobre. Pero usted es solo, debe aprovechar.

DEMARCHI.– Estoy casado, tengo esposa.

TANGUERO 1.– ¡Bah! Las mujeres nos abandonan, se pasan la vida colgándonos la galleta y si no, al menor descuido, nos coronan (hace señas de cuernos).

(Evocativo) Yo amé a tres mujeres, las tres me dejaron, las tres se fueron, las tres me coronaron. (Se pone a llorar en silencio).

DEMARCHI.– ¡Eh, Pardo! No es para tanto. Usted lo dijo, quien más quien menos, cornudos somos todos. Cornudos somos todos.

TANGUERO 1.– (saliendo de la situación rápidamente) ¡Cornudo será usted! Porque yo, como buen tanguero no puedo ser cornudo. Las mujeres nos dejan para hacer la vida o irse detrás de algún varón que las acamala con mango duradero. Pero nunca dejan de amarnos. Jamás de los jamases. No es como ustedes los civiles. Tarea difícil no ser tanguero en este nuevo de siglo. Tarea difícil.

DEMARCHI.– Es cierto, las mujeres son ingratas.

TANGUERO 1.– Esa es la palabra, ingratas. Y dígame, amigazo, ¿cómo piensa viajar a Europa? ¿Está federado?

DEMARCHI.– No, usted también con lo de la federación. No, Pardo, yo me la juego solo. (Se queda pensativo) Eso sí, los pasajes pensaba pedírselos al club.

TANGUERO 1.– ¿Los pasajes? ¡Qué! ¿No se va solo?

DEMARCHI.– No, necesito tres, uno para Estela, mi mujer…

TANGUERO 1.– No m´ hijo, usted delira. Si va con esa propuesta el club lo va a sacar a patadas. Mándese solo, hágame caso.

DEMARCHI.– (habla rápidamente, para que no se le entienda) Sí, pero cómo se lo explico a mi mujer.

TANGUERO 1.– ¿Qué? ¿Qué dice?

DEMARCHI.– Cómo se lo digo a mi mujer.

TANGUERO 1.– A ver Demarchi, o yo escuché mal o usted dijo una boludez así como (lo imita) “Cómo se lo digo a mi mujer.”.

DEMARCHI.– Mire, Pardo, quizás usted se haga una idea diferente…

TANGUERO 1.– (cortándolo) No. Para mí usted es un calzonudo, a secas. ¿Dónde tiene los huevos, Demarchi? El asunto es simple. Supongamos que usted llega a su casa… (Se planta delante de Demarchi, le da una pitada a un cigarrillo imaginario, lo tira) Me voy sólo a Europa, prenda, cuestión de presupuesto.

DEMARCHI.– Pero…

TANGUERO 1.– (le pega un cachetazo) Llóreme y hágase costurera hasta que yo vuelva. (Demarchi furioso se abalanza contra el tanguero para pegarle. El tanguero lo detiene y tranquiliza) Supongamos, Demarchi, supongamos.

DEMARCHI.– Supongamos un carajo. Además a mi mujer no le gusta coser.

TANGUERO 1.– Es una forma de decir, Demarchi, es una forma de decir.

DEMARCHI.– Igual, me parece muy violento.

TANGUERO 1.– Sáquele la cachetada, y si no se anima, dígale que algún día la va a mandar a buscar.

DEMARCHI.– ¿Algún día?

TANGUERO 1.– (haciendo ademán de algo muy lejano) “Algún día”, Demarchi, “algún día”, ¿me entiende?

DEMARCHI.–¡Ah! Algún día, algún día. ¡Ja! Usted, sí que es piola. Bueno, ahora me tengo que ir. Gracias por todo, don Pardo. (Comienza a correr, no sabe bien para dónde).

TANGUERO 1.– ¡Ah! Demarchi, me olvidaba. ¿Usted piensa viajar así a Francia?

DEMARCHI.– ¿Así, cómo?

TANGUERO 1.– Con esas pilchas, ¿no piensa llevar funyi y pañuelo al cuello?

DEMARCHI.– ¿Hará falta?

TANGUERO 1.– ¿Falta? Es cuestión de querer triunfar o terminar debajo de un tranvía. Vamos, pibe, tenga. (Le coloca el funyi y el pañuelo al cuello, sosteniéndolo con una mano).

DEMARCHI.– Bueno, muchas gracias, Pardo. (Intenta salir pero Tanguero 1 lo ahorca).

TANGUERO 1.– Se lo vendo.

DEMARCHI.– ¡Ah! Sí, claro, yo no pensaba que usted me lo iba a… (Comienza a buscar la plata) ¡Huy! Cierto que le dí la guita a Prometeo, pero… ¿no se ofende si le doy un reloj, don Pardo?

TANGUERO 1.– (lo estudia) ¿Rubíses?

DEMARCHI.– (con temor) Cuarzos.

TANGUERO 1.– Y bueno, si no hay otra cosa. Chau Demarchi, y no se olvide París, le ciel du París (Se coloca como un ladrón el reloj en la muñeca y sal)

 

Demarchi queda solo, está más cansado, corre en una y otra dirección

aparece Pina luchando para meter una planta dentro de una olla

 

PINA.– Ma, tengo que hervir esta planta de akenko y no quiere entrar, madonna santa (forcejea).

 ESTELA.– (entra arrastrando dos valijas) Conseguí dos valijas. No sé si las voy a usar, pero no te das una idea  la cara de la Pochi cuando le dije que las necesitaba para irme de viaje.

PINA.– ¡Ya está!

ESTELA.– Dentro de un rato empiezan a caer todas. Era hora ¿no? Alguna vez me tenía que tocar. (Siente el olor extraño del ajenjo) ¿Y ese olor? Es espantoso.

PINA.– Akenko. Si no lo curamos con esto vamos a tener que actuar con rigor.

ESTELA.– Justo hoy se te ocurre.

PINA.– Ese muchacho tiene los días contados.

ESTELA.– ¡Bah! Sabés que no lo va a tomar. Viste como es Raúl.

PINA.– No sé que se cree, ¿qué lo voy a matar? Para que tome el terrón de azucar con acaroína fue todo un drama.

ESTELA.– Lo lamió el gato y casi se muere.

PINA.– Sobredosis. Ma… ma… qué saben ustedes de esto. Hay que terminar de una buena vez con las lumbrices. Este país está infestado de parásitos. (Le acerca la cuchara) Vení, probá. Primero tenés que comer una cucharada de miel para que los gusanos suban y después ¡praf! le tirás el akenko de un trago.

ESTELA.– Estás loca si pensás que voy a tomar eso.

PINA.– ¡Ah! Estúpida y cabeza dura como el vago del marido.

ESTELA.– No hablés así de Raúl.

PINA.– ¡Ah no! Y qué quiere que diga, ¿o acaso no te casaste con un vago?

ESTELA.– No tuvo suerte, pero ahora…

PINA.– Pero ahora qué, se sigue metiendo en problemas.

ESTELA.– (ambiciosa) Él quiere triunfar, ser famoso. Eso cuesta. O vos te creés que el marido de la Pochi…

PINA.– Pavadas, con tal de no trabacar. Cuando a las cansadas consigue un trabaco empieza con los remilgues: que no es para él, que esto, que aquello. Hasta que lo terminan echando, y no por revoltoso o gremialista. Ah, no, al señor lo echan por pelotudo.

ESTELA.– La última vez cometieron una injusticia.

PINA.– Claro que fue injusto, no lo tendrían que haber echado, lo tendrían que haber fusilado.

ESTELA.– Confundió unas manijas, nada más.

PINA.– “Confundió unas manicas, nada más”. Una decía entrada, la otra salida. ¿Qué hizo? Llenó de mierda la casa del cliente. Y no contento con eso, le tiró mierda encima.

ESTELA.– El hombre lo enfrentó.

PINA.– Lo quería matar, y con razón, le vaciaron un carro atmosférico sobre los muebles. Yo ya me lo veo. “Dejenme a mí, dejenme solo”. ¡Ma!

ESTELA.– Es un buen muchacho, algún día…

PINA.– “Un buen muchacho”, con que no salga a matar bambinos a las tres de la mañana no ganamos nada. Y además lo belín que tiene con las carreras, todo el día dele que dele sacudiendo el esqueleto. (Pausa, rememora) ¡Ay! Si me hubieras hecho caso, estarías casada con Estéfano. Ese sí que era un hombre sano.

ESTELA.– Estéfano, mamá, tenía setenta años y le faltaba un ojo.

PINA.– Pero bien que te miraba con ese oquito que le quedaba. Me acuerdo que cuando te nombraba siempre lloraba y yo le decía: “Estéfano, no llore que se le va a nublar la vista y tiene que volver en bicicleta”. Y él, que era propiamente un comendadore: “No, cara Pina, una lágrima derramada por una muquer vale más que todo un río”. Estéfano no te hubiera hecho faltar nada.

ESTELA.– (sobradora) ¿Qué buen partido, eh?

PINA.– Sí, un laboratore. La cosa está difícil, pelee, rómpase los cuernos trabacando.

ESTELA.– Ya lo viste, se fue corriendo a solucionar las cosas.

PINA.– ¡Ah, sí! El viake allá. Pero cómo te empaquetó con lo del viake.

ESTELA.– No es así.

PINA.– Vamos, te conozco bien. Te empaquetó cuando vino disfrazado de pipistrelo.

ESTELA.– Y bueno, a quién no le gusta viajar. Alemania ha de ser un país lindo ¿no? Lleno de alemanes.

PINA.– Sí, no va a ser de napolitanos.

ESTELA.– Digo, de gente importante, empresarios, artistas. Sabés una cosa, la Pochi una vez me contó que ellos se querían ir a Alemania. ¿Entendés? ¿Entendés ahora, vieja, por qué me enamore de Raúl? De sus sueños, sus ilusiones.

PINA.– De sus ambiciones, querrás decir, de sus ambiciones.

 

La conversación es interrumpida por Demarchi que entra.  Viene tarareando la marsellesa con aire de tanguero. Lleva puesto el pañuelo al cuello y el funyi. Se lo ve cada vez más cansado.

 

PINA.– (tomándole el pelo) ¡Cagamos! ¡Se armó la Revolución Francesa y parece que Culio Sosa viene al frente!

DEMARCHI.– (con exagerado tono porteño, percibiendo el mal olor) He cambiado de destino.

PINA.– No, si algo alborotado se lo veía.

ESTELA.– ¿Qué pasó en el club? ¿Nos vamos a Alemania, no?

DEMARCHI.– (canchero) Este que, “ir” no “vamos” a ningún lado mi costurera. No sé si fui claro, este que.

PINA.– Si es por mí no se hagan problema, de acá no me muevo.

ESTELA.– Mirá Raúl que vos prometiste.

DEMARCHI.– Pretérito. He decidido cambiar de rumbo. Olvídensen de Alemania, aló Francia.

ESTELA.– (para sí) La Pochi se me caga de risa.

PINA.– (a Estela por lo bajo) Abaracalo nena que le zampo el akenko.

DEMARCHI.– Queridísima suegra finíshela con los vermes.

PINA.– Si no se deca va a ser peor.

DEMARCHI.– Soy un deportista, no puedo automedicarme.

PINA.– Estelita, hacelo entrar en razones de una vez. Y que se coma la cuchara.

ESTELA.– Mamá, acabala un poco vos también. (A Raúl) Y vos. ¿qué esperás para desembuchar qué pasó con los pasajes?

DEMARCHI.– Hay problemas de presupuesto.

ESTELA.– ¿Pero fuiste al club?

PINA.– ¿Fue al club?

ESTELA.– ¡Pará mamá! ¿Fuiste?

DEMARCHI.– (no sabe qué contestar) Presupuesto.

ESTELA.– ¿Hablaste con Romualdo?

PINA.– ¿Habló con Romualdo?

ESTELA.– ¡Pará! ¿Hablaste?

DEMARCHI.– Presupuesto.

ESTELA.– ¿No te dan los pasajes?

DEMARCHI.– Presupuesto, digo, por supuesto. (Recrea la misma situación que vivió con los tangueros. Da una larga pitada a un cigarrillo imaginario, lo tira) Prenda, me voy solo a… (Estela se le abalanza amenazadora, el concluye temeroso) pero no tardaré en enviarte una esquela con algunos morlacos desde la ciudad luz.

ESTELA.– Estás loco si pensás que me voy a quedar acá. Está enterado todo el mundo.

PINA.– (apuntándolo con la cuchara) Usted si quiere se va solo, pero primero me abre la boca. Al menos de acá sale curado.

ESTELA.– Mamá, haceme el favor de terminarla con eso.

PINA.– ¡Suicidas! Van a reventar llenos de gusanos. Y lo peor es que van a contagiar a todo el barrio. (Se toma una cucharada) ¡Ahj! ¡Qué cosa asquerosa! (Le dan arcadas, sale corriendo a vomitar).

DEMARCHI.– No ves, en la edad media estamos. Por poco no se pone a hacer magia negra.

ESTELA.– Me querés decir, cómo le explico ahora a la Pochi que no viajo, ¿eh? ¿Me lo podés explicar?

DEMARCHI.– Pero querida, es un cambio de rumbo, nada más que un cambio de rumbo. De golpe me dije ¿Y por qué no Francia?

ESTELA.– Y todo el asunto del frío, que en Alemania…

DEMARCHI.– El frío… (encuentra la excusa) ¿y el frío de París? ¿La nieve de París? ¿Te imaginás, Estelita? Vos y yo, paseando en trineo por la rue de Avignón. Te imaginás, esquivando computadoras, autos último modelo, rayos láser, misiles…

ESTELA.– Pero, ¿y la guita? En Alemania ibas a cobrar un fangote.

DEMARCHI.– ¿Y en Francia? ¿Sabés cuánto gana un peón industrial en Francia?

ESTELA.– No sé, ¿cuánto?

DEMARCHI.– (hace el gesto que en su oportunidad hicieron los tangueros) ¡Puffff!

(Entra Pina, limpiándose la cara y desencajada)

ESTELA.– Si, ¿pero allá quién te conoce?

DEMARCHI.– Crazo error, ma famme. Somos de la patria de Gardel y Monzón. Si sos argentino allá se te abren todas las puertas.

PINA.– De la cárcel.

DEMARCHI.– ¡Bah! (Vuelve a Estela) Si te descuidás, terminás cenando con Delon. En Francia nos conocen mejor que acá.

PINA.– Me lo imagino, bacando del avión y los franchutes a los gritos: “Ahí baca Raúl Demarchi, el pelotudo argentino que se equivocó de manicas y le llenó de mierda la casa al señor Pandolfi”.

DEMARCHI.– Falla operativa.

PINA.– La lumbriz que se le ha ido a la cabeza. Pero lo voy a curar, vivo o muerto. (Lo persigue).

DEMARCHI.– Atrás, atrás. Ni ebrio ni en pedo voy a consumir ese medicamento del tercer mundo.

PINA.– Le conviene Raúl, le conviene. Mire que si no el tratamiento se pone más agresivo.

DEMARCHI.– Cualquier cosa antes que tomar eso.

PINA.– Ma bene, lo voy a curar con palabras.

DEMARCHI.– Así sí.

PINA.– Sáquese los pantalones y los calzoncillos.

DEMARCHI.– ¿Qué dice? ¿No me iba a curar con palabras?

PINA.– Sí, ma primero me tengo que colgar de sus pelotas y zapatear.

DEMARCHI.– (huyendo) Atrás, bruja, atrás.

PINA.– Atacalo, Estelita, que se me escapa y está en pleno ataque.

DEMARCHI.– Déjeme tranquilo, no veo la hora de irme para no verla nunca más.

PINA.– Me tendrá que seguir viendo, porque mi hica no se va a ir así, a tontas y locas.

ESTELA.– ¡Pará, mamá! Esas cosas me parece que las tengo que decidir yo ¿no cierto?

PINA.– Pero si este loco no te va a llevar a ningún lado.

ESTELA.– Eso no. (Lo mira a Raúl) ¿Francia?

DEMARCHI.– Francia.

ESTELA.– Francia, no es joda, vieja. Al final es mi marido, si la fama ha golpeado a su puerta debo estar junto a él. Vos ya viviste tu vida, vieja. Sos una mujer fuerte, de hambre no te vas a morir. De última que te aguante un poco mi cuñada también.

PINA.– ¡Santo dio! He criado cuervos. Bien hubieras hecho en casarte con Estéfano, ese sí que era un hombre sano.

DEMARCHI.– (sobrador) Tenía setenta años y le faltaba un ojo.

PINA.– Sí, pero trabacador y con corazón. ¡Qué coder! Él nunca me hubiera dejado de lado.

DEMARCHI.– Sepa señora…

PINA.– ¡Señora! ¡Nada! Mucha cosa grande va a conseguir afuera, mucha cosa grande. ¡Parásito!

ESTELA.– Mirá mamá…

PINA.– Y vos callate la boca, no sos mucho mecor que este. Siempre midiendo cómo la tienen de larga los demás.

ESTELA.– No estarás hablando de mis amigas.

PINA.– De esas arpías y de los parásitos de los maridos: abogados, militares, gobernadores. Falta un cura y estano completo. Pobre país, está todo bichado, no hay quien se salve de los parásitos. (Mientras sale) Hay que fumigarlo tuto, hay que fumigarlo tuto.

DEMARCHI.– (furioso) ¡Me tiene podrido! Un día de estos… (se acomoda para sentarse).

ESTELA.– ¿Qué hacés?

DEMARCHI.– Me quiero sentar un ratito. Después voy al club, no doy más.

ESTELA.– ¿Cómo? ¿Todavía no fuiste a ver a Romualdo? ¿Qué esperás?

DEMARCHI.– Tu vieja, tanto hinchar.

ESTELA.– Te dejás de joder y te vas inmediatamente para el club. Y acordate, no vuelvas sin los pasajes, te les plantas ahí hasta que te den los pasajes. O acaso no tenés pelotas. Volvé en media hora con los pasajes ¿me oís?, porque sino te voy a perder el respeto. Ya pedí las valijas, ya se lo dije a todo el mundo. Yo viajo igual, no me voy a volver atrás. En media hora acá. ¿entendiste?

DEMARCHI.– (que ha empezado a correr) Sí, media hora, o…

ESTELA.– Sincronicemos los relojes.

DEMARCHI.– ¿Qué?

ESTELA.– Los relojes, no te pienso dar un minuto más. Sincronicemos.

DEMARCHI.– (busca el suyo y no lo encuentra, disimula) No, está bien, no hace falta. (Se golpea la cabeza) Acá, media hora, voy y vengo. Despreocupate vieja. Francia, ja, preparate… (Queda solo. Corre) ¡La mierda! Media hora. Pero esto va a ser rápido. El club no se puede negar, a ellos les interesa. ¡Cómo no les va a interesar que los represente en… ¿dónde era? ¡Uy! Me olvidé. Quedaba cerca de lo de Ninón… ¿o era Margot? Sé que era por el río, ese famoso… Fernando Po… “Y si en la ruta, tocás Calcuta, andate a la puta que te…” No, ese es el cantito. ¡El cantito! Justamente en el club lo aprendí. No, ellos no me pueden fallar. Cuántas veces tuve que pedir cosas y en el club nunca me hicieron historias. Una vez, me acuerdo, que necesitamos guita para comprar una bandera y Romualdo, que ya era protesorero y concesionario del buffet, peló la guita ahí nomás de la bolsa. Después, me acuerdo, lo quisieron joder. Los burócratas, como decía él, “los burócratas quieren mi cabeza”. ¡Qué lo parió! Pero no me van a fallar, esta vez tampoco me van a fallar. El club…

 

Demarchi sigue corriendo. De pronto lo ve a Romualdo que está parado junto a las valijas, fumando

 

DEMARCHI.-  ¡Romualdo! Te estaba buscando.

ROMUALDO.– ¿Qué hacés, Raúl?

DEMARCHI.– Ya lo ves, entreno.

ROMUALDO.– Hacés bien pibe, ojalá todos… (tiene ataques de tos, de vez en cuando, por el cigarrillo) …en este club pusieran el mismo empeño.

DEMARCHI.– Yo siempre quise la camiseta, vos lo sabés.

ROMUALDO.– Siempre lo digo, ese pibe Demarchi parece de nuestra camada. De los que por primera vez en la historia del club lo hicimos participar en un campeonato oficial de tercera. ¡Qué año ese!

DEMARCHI.– Te cansaste de hacer goles.

ROMUALDO.– ¿Te acordás?

DEMARCHI.– Era pibe, pero no tanto como para no recordarlo. Fue peor que una revolución.

ROMUALDO.– Y a que no te acordás cómo me decían.

DEMARCHI.– “El negro Vengativo”.

ROMUALDO.– Tenés memoria, tenés memoria. No, si cuando digo este tiene buena madera, ponele la firma que es campeón.

DEMARCHI.– (comienza a jugar con el funyi que trae puesto, imitando a un locutor)  El negro Vengativo entra a la cancha, Romualdo Pérez, luciendo la casaca verdeazulina del Atlético Abnegados de Bursaco Club. (Romualdo le intercepta el sombrero como si fuera una pelota y se lo coloca).

ROMUALDO.– ¡La puta! ¡Qué épocas aquellas! Era otro fulbo. Se dejaban los huevos en la cancha, se ganaba o se perdía, pero no podía terminar el partido sin agarrarnos a los sopapos.

DEMARCHI.– Eran verdaderos deportistas.

ROMUALDO.– Varones en el campo de “Martes”.

DEMARCHI.– ¿Qué?

ROMUALDO.– No, una licencia. Pero che, Raulito, ¿qué te trae por acá? Comienza a sacar botellas y platos con ingredientes para vermouth.

DEMARCHI.– Mirá, Romualdo, te la voy a hacer corta, y no te voy a andar con muchas vueltas.  Tengo que viajar a Europa.

ROMUALDO.– (sin impresionarse por nada) Está bien, pibe, me parece bien. Es lindo pasear de vez en cuando. ¿Cuándo salís? ¿Van en charter?

DEMARCHI.– No, Romualdo, no me voy de vacaciones. Quiero representar al club, al Atlético Abnegados en Europa.

ROMUALDO.– Mejor que mejor, pibe, mejor que mejor. Por ahí entrás en uno de los primeros puestos, y te sacan alguna fotito. ¡Qué los primeros puestos! Vos estás para ganar, te lo digo yo, seguro que te traés la copa. Seguro, no sería nada raro. ¡Carajo, Raulito! Ya te veo en la primera plana, o tal vez en El Gráfico… ¡Eso! La tapa de El Gráfico para voz solo, chivando como un burro pero feliz, sonriendo para toda la afición que te va a recibir en Ezeiza. ¿Sabés lo que es eso? No, vos sos muy pendejo para darte cuenta. ¡Caravanas! ¡Qué digo caravanas! Ristras y ristras de autos como chorizos y Raulito arriba de la cisterna del autobomba, meta sirena, meta sirena. Hasta plaza de Mayo no paramos. Ya te veo, Raulito, codo a codo saludando desde el balcón con el presidente. Sabés que tiene obligación de recibirte, ¿no? Por el protocolo, que ellos le llaman. Y abajo la gente gritando, alabándote, haciéndose caca encima por vos. Raulito, toda la plaza de Mayo haciéndose caca encima, hirviendo en un solo grito: Demarchi, Demarchi, Demarchi… (Termina en un ataque asqueroso de tos)

DEMARCHI.– Eso, Romualdo, te imaginás: Raúl Demarchi Campeoné Argentiné.

ROMUALDO.– ¿Qué te pasa? ¿Por qué hablás así?

DEMARCHI.– Porque voy a Francia, Romualdo, la ciudad luz.

ROMUALDO.– ¡Ah!

DEMARCHI.– Campeoné Argentiné de Marché.

ROMUALDO.– (lo corrige) Demarchi.

DEMARCHI.– No, de marché, de marcha. Campeón Argentino de Marcha, ¿entendés?

ROMUALDO.– Claro, claro. Lo que yo digo.

DEMARCHI.– Ya me veo parado en el podio, con una corona de laureles en la sabiola, la casaca verdeazulina con el escudo de tres calas y mojando a todos con champagne.

ROMUALDO.– (moqueando, le saca el pañuelo a Demarchi y se suena la nariz) ¡Basta! ¡Qué cuadro! ¡Qué cuadro! Me parece verte y se me llenan los ojos de lágrimas. Como cuando le afanamos el partido al equipo de Villa Carestía.

DEMARCHI.– ¿Cómo que se lo afanamos?

ROMUALDO.– Habíamos encerrado a la hermana del referí en los vestuarios. Si no nos daban un penal a favor nuestro le dijimos que se la iba a coger toda la tercera y parte de las inferiores, ganamos uno a cero.

DEMARCHI.– (desilusionado) Me acuerdo. El penal que embocaste pegadito, pegadito al poste de la izquierda.

ROMUALDO.– ¡Cómo jugamos aquella tarde! Y bueh… a qué llorar carajo, ese fulbo no vuelve. Pero bueno, che, vamos a festejar con una ginebrita tu partida al viejo mundo.

DEMARCHI.– Sí, como no. Pero, sabés Romualdo, lo que necesito es que me ayuden. Que el club me de una mano.

ROMUALDO.– Para eso estamos.

DEMARCHI.– Los pasajes, Romualdo, los pasajes, nada más. Yo allá me la bancaría, pienso laburar de mozo. ¿Sabés?

ROMUALDO.– Los pasajes, los pasajes. No sé, Raulito, tendrías que presentar una nota. Ya sabés, de aquella vez que metí la mano en el bolsillo para garpar la bandera, y que el hijoeputa de Ramírez me armó semejante quilombo que casi pierdo la protesorería. No puedo tocar un peso.

DEMARCHI.– Una nota. Y eso ¿cuánto tarda?

ROMUALDO.– Y, eso va a los pedos. Me das la nota a mí y se estudia en la Reunión de Comisión y chaupinela.

DEMARCHI.– Se reúnen seguido.

ROMUALDO.– Y sí, una vez al año.

DEMARCHI.– ¿Y cuándo toca?

ROMUALDO.– Tendrías que esperar un año, la de este fue el jueves pasado.

DEMARCHI.– ¡No! ¿Y no se podría hacer algo?

ROMUALDO.– Unicamente una extraordinaria, pero…

DEMARCHI.– (nervioso) ¿Pero qué?

ROMUALDO.– Pero deben ser convocadas según lo dice el estatuto.

DEMARCHI.– ¿Y qué problema hay?

ROMUALDO.– No, ninguno, solamente tenés que cumplir con el estatuto.

DEMARCHI.– (fuera de sí) ¡Y qué joder! Se cumple con el estatuto y listo.

ROMUALDO.– No es tan sencillo.

DEMARCHI.– ¿Qué es lo que no es sencillo, Romualdo?

ROMUALDO.– Cumplir con esa cláusula del estatuto.

DEMARCHI.– ¿Por qué carajo no es sencillo cumplir con esa cláusula del estatuto?

ROMUALDO.– Porque exige que para que se realice una extraordinaria se debe contar con el voto, unánime, de todos los que integran la comisión.

DEMARCHI.– ¿Qué problema hay entonces? Se los convence y listo, son tres gatos locos.

ROMUALDO.– No, ahí está el problema. Como el recuento de votos es a mano alzada, Rodríguez vota siempre en contra de lo que vote yo. Ya lo dijo. Después de aquella pelotera en que le bajé tres dientes de una trompada, cuando me encontró con su mujer en el baño. De esa vez me la juró el muy turro.

DEMARCHI.– (ssombrado) Vos ¿te cogías a la mujer de Rodríguez?

ROMUALDO.– También.

DEMARCHI.– ¿Cómo, también?

ROMUALDO.– Y por que no era el único, hasta los segundos vocales se la pasaban. Por eso te digo, pibe, por ese lado no va. Te quedaría que proyectemos una rifa.

DEMARCHI.– Eso está piola.

ROMUALDO.– Si no fuera que ya largamos una de doscientos números para poder cambiarle el paño a la mesa de billar del buffet, y el estatuto…

DEMARCHI.– (astuto) Y el estatuto de mierda prohibe hacer dos rifas el mismo año.

ROMUALDO.– ¿Cómo lo sabías?

DEMARCHI.– Me lo imaginaba.

ROMUALDO.– No, si cuando yo digo que el pibe tiene buena madera. Pero no te calentés, de algún upite saldrá sangre, ya vas a conseguir la guita. Tenés empuje. Aunque sos un mocoso, tenés la polenta de los nuestros, de los de antes, hombres honestos en las lides deportivos.

DEMARCHI.– ¿Y de dónde voy a sacar toda esa guita? Únicamente que mande a mi mujer a revolear la cartera.

(Se hace un silencio)

ROMUALDO.– No es mala idea.

DEMARCHI.– ¿Qué decís?

ROMUALDO.– Supongamos. La piba no está nada mal, y una culeadita más o menos…

DEMARCHI.– (se le va encima) Me hablás en broma ¿no?

ROMUALDO.– Supongamos, supongamos.

DEMARCHI.– Supongamos una mierda.

ROMUALDO.– ¡Ja! Celoso el torito. Como los de mi época. No ves que te estoy cargando, gil. (Cambia de tema) ¿Tenés un faso por ahí?

DEMARCHI.– (saca un atado, le convida uno, Romualdo le saca todo el paquete y se lo guarda) ¿Qué hacés?

ROMUALDO.– Te cuido, boludón, te cuido. Fumando no vas a llegar nunca a ser un verdadero campeón. (Se va con el cigarrillo en la boca. Da media vuelta) ¡Ah! Tomá, vendeme estos numeritos, cinco guita cada uno, se rifa una torta.

DEMARCHI.– Como para vender rifas estoy. Necesito una mano del club, sé que puedo triunfar.

ROMUALDO.– Claro que sí Raúl, vos vas a triunfar. Tenés garra, sos joven… sin asco para adelante ¿eh? Y suerte, mucha suerte. (Amaga salir).

DEMARCHI.– ¿Eh? ¡Che! ¿Dónde vas?

ROMUALDO.– Y, qué querés, que me quede todo el día boludeando. Uno tiene sus obligaciones.

DEMARCHI.– ¿Me largás duro, entonces?

ROMUALDO.– ¿Qué querés que haga, Raulito?

DEMARCHI.– Entonces el viaje, la carrera, el primer premio, la copa, la tapa de El Gráfico, la autobomba, el presidente… El club se caga en todo eso.

ROMUALDO.– Raúl, vos sabés que nunca se te negó nada. Hasta una vez…

DEMARCHI.– Sí, metiste la mano en el bolso, y los burócratas, y el hijouemilpuetas de Ramírez, y los pajaritos de colores. Esa anécdota ya la escuché, Romualdo. Pero no quiero anécdotas, quiero algo bien concretito: un pasaje. Mirá lo que te digo, un pasaje.

ROMUALDO.– Estuviste corriendo mucho, estás nervioso. Por ahí no te estás alimentando bien. No sería nada raro que estuvieras ojeado o con parásitos.

DEMARCHI.– ¡Por favor! No vengas a joderme, vos también, con los parásitos. Por lo que más quieras.

ROMUALDO.– Hacé una cosa. Te vas a tu casa, le decís a Estela que te prepare unos matecitos y te acostás.

DEMARCHI.– No estoy enfermo ¿entendés? Me quiero ir de viaje (se le cuelga de la ropa) y ustedes me van a ayudar, me van a tener que ayudar a ganar esta competencia. Allá las cosas son distintas, Romualdo, yo sé que allá voy a poder. Pero ustedes me tienen que bancar. Sea como sea, me tienen que bancar. Y no me salgás con boludeces como esa de mi mujer ¿eh? Que nadie te dio permiso para andar diciendo huevadas.

ROMUALDO.– (sacándoselo de encima) ¿Qué decís, pibe?  A ver si todavía te tengo que fajar. Mirá, lo mejor que podés hacer es rajar de acá. Con prepotencia a mí. Miralo al pendejo. ¡Guachos de mierda! No respetan nada. (Amaga a salir).

DEMARCHI.– (lo detiene) Esperá, no te vayas, me tenés que dar una solución, no te voy a dejar ir sino me das una solución.

ROMUALDO.– (lo empuja) ¡Avisa! ¿Quién carajo te creés que sos?

DEMARCHI.– Perdoná, vos sabés que sos un padre para mí. Pero estoy desesperado. Soy un boludo, ya lo sé, pero necesito esa guita, la necesito.

ROMUALDO.– Acá, atrás del mercado, hay un chino que presta guita. Claro que en esa… metete solo. Yo, argentino. Argentino (sale).

DEMARCHI.– (lo ve irse) Me largás duro, nomás, duro. Mucha honestidad deportiva, mucha camiseta, pero a la hora de la verdad… ni la hora… (Comienza a correr. Lleva una mano a la muñeca, palpa donde tenía el reloj, luego el cuello y la cabeza, buscando las cosas perdidas) Romualdo, viejo querido, vos también me cagaste. “No te federes, jugala solo”. Si al menos me hubiera dedicado a la posta… uno corre, el otro agarra el palo, por lo menos son cinco o seis boludos dando vueltas, pero solo… Al final, Estela tenía razón. Estela, cómo hago para volver con las manos vacías (evocativo), Estelita, la descuidé siempre, y ahora cuando la miro me parece una extraña. ¡Qué lejos estamos de cuando nos conocimos! Yo corría por la costa, tendría veinte pirulos, dos más que ella. ¡Futuro! Me iban a hablar de futuro…

 

Aparece Estela, como en un sueño, a su lado. Su discurso es excesivamente lírico.

DEMARCHI.– Hola, ¿cómo te va? (Aparte al público) Esas fueron las primeras palabras que le dije.

ESTELA.– Camino se hace al andar.

DEMARCHI.– (aparte) Supe que podíamos ser amigos.

ESTELA.– Tener un amigo es saber que uno no está solo.

DEMARCHI.– ¿Sabés una cosa? Sos muy linda. (Aparte) Comprendí que la amaba.

ESTELA.– Lo esencial es invisible a los ojos.

DEMARCHI.– (aparte) Estaba perdidamente enamorado. (A Estela) Me parece que te quiero.

ESTELA.– Amar es nunca tener que pedir perdón.

DEMARCHI.– Y aquella tarde corrí el mejor de los caminos.

ESTELA.– Eres el perfume de mi vida.

DEMARCHI.– Te quiero tanto, desde que te quiero, que de quererte más, tan sólo un poco, me volvería completamente loco, como una polilla dentro de un ropero.

ESTELA.– Amar es esperarlo con la mesa servida.

DEMARCHI.– (aparte) Nos entendíamos tanto, que parecía que siempre hubiésemos estado juntos. Así pasaban los meses…

ESTELA.– ¡Feliz Aniversario! (Pausa) Quiero vivir con vos toda la alegría de esta fecha.

DEMARCHI.– (aparte) Yo buscaba una prueba más contundente de su amor. (A Estela, con violencia) Entregáteme, no me hagás sufrir más, por favor.

ESTELA.– Si lloras de noche por el sol, no podrás ver las estrellas.

DEMARCHI.– Vamos, entregáteme.

ESTELA.– Hay un tiempo para el amor y un tiempo para la guerra.

DEMARCHI.– (a Estela) ¡Ma sí! Si no queres…

ESTELA.– No te des por vencido ni aún vencido.

DEMARCHI.– ¡Piu Avanti! (Se abalanza sobre ella, parece poseerla apasionadamente. De pronto levanta su cabeza y habla con el público) Pero no todas fueron rosas… Estela comenzó a cambiar (Demarchi la observa a Estela, que se va cantando una canción cursi). A cambiar, no sé, cambiar. Para mí que me engañaba, ¿con quién?.

¿Qué sé yo? Nunca tuve pruebas, pero me lo palpitaba, me lo palpitaba…

 

Nuevamente aparece la evocación del periodista, que se mezcla con la fantasía de Estela y los cuernos.

 

PERIODISTA.– ¿Cómo se sintió, cuando le refirieron la ignominiosa noticia de que la que hoy ostenta el nombre de legítima esposa lo ponía en actitud de dudosa seguridad con respecto a su posición de marido respetado?

DEMARCHI.– (lo mira sin entenderlo).

PERIODISTA.– O sea… (busca las palabras) ¿Qué sintió cuando su mujer le metió los cuernos?

DEMARCHI.– (sufriendo) Me encontré con un Demarchi tranquilo, que sabía lo que venía a buscar y por eso me lo llevé.

PERIODISTA.– ¿Sabe, Demarchi, que su nombre se inscribe desde hoy junto al de los grandes cornudos de la patria?

DEMARCHI.– (mordiéndose los labios) Este Demarchi está consciente de la responsabilidad que representa ser un ídolo de multitudes.

PERIODISTA.– ¿Qué les quiere decir a todos los que, de alguna u otra manera, colaboraron para que su mujer lo engañara?

DEMARCHI.– (a punto de llorar) Demarchi, Demarchi no tiene palabras para todos lo que hicieron posible este momento.  (Se larga a llorar)

 

El periodista desaparece de la escena. Demarchi seca sus lágrimas, se recompone un poco y comienza a correr. Está más desesperado que nunca, sufre incluso calambres.

 

DEMARCHI.– No te voy a fallar, Estela, no te voy a fallar. Esta vez, no. Sea como sea salgo de perdedor, sea como sea. ¡El chino! Tengo que encontrar al prestamista, en algún lugar tiene que estar…

 

Sigue corriendo. En escena aparece el coreano. Tiene en sus manos una calculadora que a simple vista está rota. Intenta arreglarla con un alambrecito y no puede. La golpea contra el taco del zapato para hacerla funcionar. En ese momento lo ve venir a Demarchi, por lo que la oculta rápidamente en el bolsillo.

 

DEMARCHI.– ¡El chino! (Hace innumerables reverencias).

COREANO.– (habla castellano normalmente) ¿Qué te pasa?

DEMARCHI.– (habla como un doblaje televisivo) Honolable caballelo, o mis oídos me engañan o el suplemo emisalio de Oliente habla como el más oldinalio de los polteños.

COREANO.– ¿Qué decís?

DEMARCHI.– Ya me palecía poco amalillo pala sel chino. ¿Japonés? Sí… ¿no? Loto, loto, loto. ¿Gusta tango? Tango – tango.

COREANO.– (sacándoselo de encima) A ver si corta con el barullo, por favor.

DEMARCHI.– (tirándose a sus pies) Perdone, perdone don… necesito plata, peso, moneda. ¿Entiende, don Chino?

COREANO.– Coreano. Y por favor… (se lo saca de encima).

DEMARCHI.– Necesito plata, dinero, viyuya, money… ¿complende? Yen – yen, requete yen.

COREANO.– Cálmese quiere.

DEMARCHI.– Yen yen yen.

COREANO.– Cálmese, por favor.

DEMARCHI.– Yen yen requete yen.

COREANO.– (pega un grito de karateka y se pone en posición de ataque, dejando a Demarchi petrificado) ¿Qué le pasa?

DEMARCHI.– (muy acelerado) Tengo que viajar. Como sea, oiga (le grita), como sea.

COREANO.– ¿Dónde tiene que viajar, señor…?

DEMARCHI.– Demalchi, Laúl Demalchi.

COREANO.– ¿Dónde quiere viajar, Raúl?

DEMARCHI.– ¿A dónde? A… a… (lo mira seriamente) …no sé. (Se echa a llorar) No sé, me olvidé, ¿puede creerme?, me olvidé.

COREANO.– Vamos, tranquilícese, ¿cómo es el tema?

DEMARCHI.– Mire, voy a tratar de ser lo menos complicado posible.

COREANO.– (falso) Negocios claros, amistades duraderas.

DEMARCHI.– Sí, por eso… el asunto es bastante simple. Necesito dinero para viajar a una competencia internacional y que en este momento no me acuerdo exactamente dónde queda, pero que averiguo y se lo digo. Bueno en esa competencia, como le decía, va a haber importantes premios, calculo yo… ¿no?… y bueno, que tengo que ir ahí, ahí… ahí… ahí.

COREANO.– ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué improvisación! Amigo Raúl, qué improvisación. Mire, quiere irse a un lugar que no sabe cómo se llama, a participar de una competencia que “supone” otorga importantes premios, y llevar una suma de dólares estimada de buenas a primeras. Improvisación, ustedes los argentinos lo arreglan todo con un alambrecito.

DEMARCHI.– Pero para viajar…

COREANO.– (lo interrumpe) No hay pero que valga. Usted tiene una habilidad definida, quiero creer, en la cual es especialista.

DEMARCHI.– Sí, soy el mejor marchista. Mucho mejor que…

COREANO.– (lo vuelve a interrumpir) Habrá mediado las posibilidades de penetración de su producto en las distintas áreas de consumo.

DEMARCHI.– No me venga con cosas raras. Prestem guita para un par de pasajes, yo después me muevo.

COREANO.– Sí, se mueve, pero por pálpitos, por corazonadas. ¡Estos argentinos! (lo toma del cachete, Demarchi le saca la mano de un manotón) La filosofía del alambre.

DEMARCHI.– No tanta mano. ¿Hay guita o no hay guita?

COREANO.– Óigame, Raúl, lo primero que vamos a hacer es capacitarlo en el terreno de la informática, lenguaje logos y basic. Una computadora le permitirá seleccionar el lugar donde le conviene participar, programar un calendario anual de carreras, cualidades físicas de sus contrincantes, velocidad desarrollada en media carrera, trote o paseíto de salud. Todo lo relativo al bioritmo, peso específico del calzado deportivo, elasticidad del suspensor…

DEMARCHI.– (nervioso, lo interrumpe) Ah, no. Yo ya no tengo tiempo para perder en boludeces.

COREANO.– (sin prestarle importancia) Con su programador individual usted podrá recorrer de un plumazo todo el mapa de posibilidades que se le abren. Supóngase que está frente a su MD23, dispuesto a manejarla…

DEMARCHI.– (que estaba por irse, se resiste. El coreano lo conmina con un amague de golpes. Demarchi de mala gana estira los brazos como si estuviera manejando un automóvil) Espero que después de estas huevadas me dé la guita.

COREANO.– ¿Qué hace?

DEMARCHI.– ¿No me dijo que maneje la máquina?

COREANO.– Sí, pero se supone que es una computadora, no un rastrojero.

DEMARCHI.– Por eso, esto es muy difícil. Yo quiero hablar de los pasajes.

COREANO.– ¡Ay! ¡Qué improvisación! ¡Qué improvisación! Aquí está el teclado (saca la pequeña calculadora del bolsillo, evitando que Demarchi la toque o la pueda ver con claridad), insert… (oprime botones) piffff, piffff, está andando… flow flow flow… vamos a pedirle información sobre competencias internacionales… pitponpitponpitpon… bled, bled, bled… mire en el display, está por aparecer algo… C/A/L/C/U/T/A…

DEMARCHI.– (tratando de ver algo) Yo no veo un carajo.

COREANO.– ¡Calcuta! Campeonato internacional de marcha. Vienen más datos… formidable… bled bled… competidores… premios.. (Hace como si cortase un gran papel y se guarda nuevamente la calculadora) Excelente, ya lo tenemos.

DEMARCHI.– ¡Los pasajes! ¿Están los pasajes?

COREANO.– (estudia el papel imaginario) Ya va, Raúl, vamos de lo más difícil a lo más fácil.

DEMARCHI.– Es que sin los pasajes no hay viaje a París.

COREANO.– (posición de ataque) París, París, París, (tira golpes al aire) nada de París. ¡Calcuta!

DEMARCHI.– ¡Calcuta! No, eso es el culo del mundo. “Si tocás Calcuta andate a la…”

COREANO.– El estudio de mercado anula cualquier especulación en contrario.

DEMARCHI.– A esta altura, al estudio de mercado me lo paso por…

COREANO.– ¡Basta, Demarchi! Calcuta o nada.

DEMARCHI.– Usted présteme la guita, yo después me arreglo. París, Burundí o Constantinopla.

COREANO.– (haciéndose el interesante) No invierto negocios sin rentabilidad probada.

DEMARCHI.– Póngase en mi lugar, también. París es París. Se imagina triunfar en Calcuta, ¿a quién le puede parecer importante?

COREANO.– ¡Qué simplista! ¿Sabe lo que le puede deparar un triunfo en Calcuta? (Enumera) Amor: Las mujeres más ardientes del planeta están en Calcuta; Dinero: Ya quisiera el dólar tener el respaldo en oro del austral calcuteño; Negocios: Inversiones de todo tipo. Le tiro una a mediano plazo, con la plata de los primeros premios compre algún templo abandonado a orillas del Ganges, que viene a ser como la Recoleta, y ponga una parrilla, que va a ser la primera en la India. Claro que tiene que ser un nombre entrador, por supuesto. Qué sé yo, Parrilla de la Vaca Sagrada, atendida por sus propios dueños. Eso pega. ¡Qué tal! ¿Qué más quiere? Fama, éxito, que lo aclamen… ¿dónde lo van a aclamar más que en la India? Está lleno de gente esperando que algún boludo gane un premio para salir a aplaudir y tocar bocina. Quinientos millones de habitantes, ¿sabe lo que es eso? La gente meándose…

DEMARCHI.– Sí, pero París…

COREANO.– Calcuta o nada.

DEMARCHI.– Pero ahora. ¡Ya! Si es Calcuta, que sea Calcuta. Pero ¡Ya! ¡Basta de versos! La guita, los pasajes, todo. ¡Ya!

COREANO.– Está bien… tomá (saca la calculadora y se la entrega). Me debés mil dolares

DEMARCHI.– (cansado de las estafas) No, no ¿para qué carajo quiero yo…?

COREANO.– (sin darle alternativa) La computadora, Calcuta o nada.

DEMARCHI.– (resignado) Bueno, dale… ahora dame la guita.

COREANO.– ¿Qué guita?

DEMARCHI.– (nervioso) ¿Vamos a empezar de nuevo? ¡La guita de los pasajes!

COREANO.– ¡Ah! No, del traslado me ocupo yo. Te va a salir mil quinientos dólares.

DEMARCHI.– ¿Mil quinientos? Mirá que yo viajo con mi mujer.

COREANO.– Por mí si queres podés viajar con tres perros, total, vas a ir dentro de un contenedor con doce mercenarios marroquíes, tres prostitutas moluqeñas y un militar boliviano traficante de drogas.

DEMARCHI.– ¿Y tengo que pagar para viajar así?

COREANO.– Prácticamente vas gratis, no movés guita, yo te hago sacar un crédito por cinco mil dólares.

DEMARCHI.– (cada vez más furioso) ¿No era que ese charter tan distinguido me salía mil quinientos dólares?

COREANO.– Mil quinientos de pasaje, mil de la computadora y dos mil quinientos que se van en comisiones, intereses anticipados, gastos de sellado, seguro, informes. Boludeces, pero vamos a concretar el negocio, ¿qué trajiste?

DEMARCHI.– ¿De qué?

COREANO.– Dale, ¿qué trajiste? La escritura de un departamento, de un lotecito, ¿eh? ¡Ah! Vas a hacer alguna prenda sobre el auto, ¿eh? (Lo mira serio) Por lo menos tendrás algún chabón que te ponga la firma.

DEMARCHI.– ¿Qué me venís con créditos? ¡Atorrante!

COREANO.– La boquita, pibe.

DEMARCHI.– Todavía que me querés hacer viajar dentro de una lata de sardinas, con una banda de putas y criminales, querés que te firme un contrato por una deuda que ni mi tataranieto va a levantar.

COREANO.– (comienzan a empujarse mutuamente) ¿Así que no tenés dónde caerte muerto, pelotudo?

DEMARCHI.– ¿Así que te disfrazás de chino para cagar gente?

COREANO.– ¿Así que te venís a hacer el pistola conmigo?

DEMARCHI.– ¿Así que te gusta que te fajen?

 

Demarchi se saca el gabán para pelear. Recibe una terrible paliza. Se defiende, pero es golpeado brutalmente. Queda tirado en el piso. De a poco se incorpora, está muy dolorido. Trata de ordenar un poco su ropa, se da cuenta que en la pelea ha perdido la camiseta y una zapatilla. Intenta unos pasos de marchista, pero le duele todo el cuerpo. Toma conciencia que todo esto ya no tiene sentido. Comienza a caminar lentamente, agobiado y humillado. Va al encuentro de su mujer, que ya aparece en escena vestida como una cabaretera y tarareando un tango. Pina recorre la habitación con un sahumerio. Estela se para sobre la silla y comienza a cantar “Cambalache”.

 

DEMARCHI.– ¿Qué está pasando acá?

PINA.– ¡Santo dio! Lo que pueden hacer los parásitos. Mire como está.

DEMARCHI.– (a Estela) ¿Qué hacés ahí arriba?

ESTELA.– Practico, ¿no oís?

PINA.– Esto termina mal. Uno reventado, la otra que quiere salir a hacer la puta. No, esto termina mal, muy mal. (Sale).

DEMARCHI.– ¿Practicás?

ESTELA.– Si te tengo que esperar a vos… hace rato que se te cumplió el plazo.

DEMARCHI.– (agobiado) Ya…

ESTELA.– Ya… pero eso no tiene importancia. Lo que importa es que volvés otra vez como un perdedor. (Vuelve a cantar).

DEMARCHI.– Estela, bajate… (no le hace caso). Haceme caso, todavía soy tu marido. ¡Estela, bajá! Acaso no te das cuenta. No hay pasajes, no hay carrera, no hay gloria.

ESTELA.– ¿Qué pasó? De pronto se te fue la pasión por las carreras.

DEMARCHI.– No, Estela. Tengo pasión, y ganas, pero correr… hacia dónde, atrás de qué… No te das cuenta que siempre terminan vendiéndome lo que quieren.

ESTELA.– Perdiste tu oportunidad, ahora la guita la voy a conseguir yo. No voy a escuchar la voz de la frustración, me voy al cabaret. Yo viajo, yo no me voy a echar atrás.

DEMARCHI.– ¿Y sola vas a hacer todo eso?

ESTELA.– Sí, pero vos no te hagas problema, por ahí algún día te mando los pasajes. Algún día.

DEMARCHI.– Me das asco.

ESTELA.– (intenta pegarle una cachetada que Demarchi detiene, ella baja de la silla) ¿Por qué? ¿Qué tiene de raro que yo trabaje en la calle? Acaso no fui siempre una puta para vos.

DEMARCHI.– Asco, eso es lo que me das.

ESTELA.– Mejor sería que me tengas lástima. El asco dejámelo a mí. Pero no me va a importar, porque sé lo que quiero, y lo voy a conseguir.

DEMARCHI.– ¿Y qué es lo que querés?

ESTELA.– Triunfar, eso es lo que quiero. Ser una ganadora, como la Pochi.

DEMARCHI.– (la interrumpe) Dejame de joder con tus amigas, ¿querés?

ESTELA.– Es que ellas no me dejan a mí en paz. O acaso no las ves cuando vienen y muestran y hablan… de sus maridos ganadores, Raúl, ganadores natos. Y no como vos, un perdedor.

DEMARCHI.– Ganadores, ganadores y cornudos, como el marido de la Pochi.

ESTELA.– Hablás así de envidia. Te duele la verdad.

DEMARCHI.– (a punto de explotar) Hablo así… hablo así… porque a la Pochi… me la cogí yo.

ESTELA.– ¡Raúl! (No le cree) Más quisieras. (Lo mira con furia) ¡Mentís! ¡Mentís!

DEMARCHI.– Mirá, Estelita…

ESTELA.– (furiosa) ¡Estela! Estelita quedó en algún lugar, corriendo al lado de otro Demarchi, uno que tenía sueños.

DEMARCHI.– ¡Dejame de joder con los sueños!

ESTELA.– Que tenía sueños y pelotas para llevarlos adelante.

DEMARCHI.– Estelita…

ESTELA.– ¡Estela! Estela Petrabona de Demarchi. La mujer de un pobre tipo al que le faltaron pelotas… pelotas… pe-lo-tas.

DEMARCHI.– (encarándola) ¿Querés ver? ¿Querés que te muestre? Hay que empezar a poner pelotas. Está bien, acá las pongo. Acá las pongo.

ESTELA.– (cínica) ¡Ah! Sí, mirá vos. Por mí apoyalas donde quieras, total, yo me voy. Yo me voy  (Amaga a salir).

DEMARCHI.– (interceptándola) Un momentito. Usted no va a salir a ningún lado.

ESTELA.– (ofensiva) Salí, eh. Ni se te ocurra ponerme esas manos encima. No es con vos… va a ser con cualquier otro, pero yo me voy.

DEMARCHI.– (le pega una cachetada) ¿A dónde te crees que vas?

 

Ella cae al piso y queda llorando. Demarchi trata de acomodarse un poco la ropa, parece en un primer momento dispuesto a irse, pero vuelve sobre sus pasos. Se acerca a ella y la abriga con su impermeable. Comienza a sonar la “Marcha del Club”. Se escucha la voz de Pina que viene gritando.

 

PINA .– ¡Premio Nobel, caraco! ¡Premio Nobel, caraco! (Eufórica, con un diario enrollado en su mano)¡Premio Nobel, caraco! ¡Premio Nobel, caraco! Se ha descubierto un veneno fulminante contra los parásitos, en Calcuta. Y le han dado el Premio Nobel, Raúl. Dicen que el veneno se saca de la banana… ¡de la banana, Raúl!¡Ahora sí, que los países bananeros pasamos al frente! ¡Qué coder!

 

TELÓN.

Deja tu mensaje