Todo lo que se necesita es simplemente decir que estas mal cuando estas mal

24 de diciembre de 1966. 10 am

Sinatra canta en el living de casa.

El Grand Prix de este año se corre desde el pasillo que da a la puerta de servicio en el patio, pasando  junto al gallinero de una sola gallina, entrando por la puerta de la cocina, girando hacia la habitación de mis padres, doblando por el corredor frente al cuartito de la despensa que en su interior tiene clavada una foto de John Fitgerald Kennedy arrancada del Life, siguiendo a través de la puerta del comedor, pasando por debajo de la mesa de cedro y terminando frente al combinado Ranser.

Mi triciclo rojo está preparado. Paso la mano por el eje de la rueda delantera y toco la chapita con letras doradas que dibujan un ovalo “Triciclos insuperables-Lavintam E Hijos” cruzado por la palabra “Broadway” que parece confirmar la solidez y calidad de la máquina. Yo estoy preparado. Llevo puestos unos pantalones cortos de color gris  que de tanto en tanto dejan asomar los flecos de mis calzoncillos de algodón y que en apenas dos años me dará vergüenza llevarlos. El aire de la mañana ha puesto de color violáceo las piernas flacas que se disponen a dar inicio a la carrera.

Tengo ocho años y deseo a una mujer. La inquietud de su llegada hizo que no pudiera dormir en toda la noche y que saltara de la cama casi al amanecer.

Sentado, desde mi triciclo el mundo aparece como una cosa pequeña y dominable. Solo debo cuidarme en las curvas, no confiarme de la estabilidad de las tres ruedas, son traicioneras. También evitar darle más fuerza de la necesaria al pedaleo, puede ser contraproducente. Y finalmente rezar que ninguno de mis hermanos quiera hacer esa broma estúpida de subirse al pescante trasero y quitarme de mi recorrido.

Todo resulta tal cual lo previsto. Si ella ya hubiera llegado admiraría mis condiciones de piloto, pero es temprano, deben caer al medio día. Ya veo la línea de llegada, la sombra de la mesa de cedro sobre mi cabeza, este último año he tenido que inclinarme un poco más para no golpearme con la madera,  y la voz de Sinatra que me recibe.

“Everybody has the right to be wrong at least once” (1)

Exhausto, recobro el aliento sin dejar mi triciclo. En el piso, un montón de regalos hacen de base a un árbol de navidad que toca el techo. Frondoso, de ramas tupidas en cuyos extremos unos soportes sostienen pequeñas velas de cumpleaños. Recién me doy cuenta que su color verde botella proviene de sus hojas, son plumas teñidas. Se me ocurre un pájaro gigante verde dormido o más aún un dragón congelado a la espera de no sé qué orden o sortilegio o invocación maldita.  Soy yo ahora, parado, pequeño, mínimo ante el mundo.

“Its naive to make believe that you’re right, it’s not bright” (2)

Veo por la ventana un auto que se estaciona frente a casa. Es el Isard de mi tío. En ese instante me doy cuenta que estoy solo para recibirlos, mi padre y mis hermanos duermen, mi madre salió a hacer algunas compras, esto me da cierta inquietud y vergüenza pero también me pone en el centro de la escena. Seré yo quien reciba a Isabel. Como un criminal dispuesto al golpe miro los movimientos oculto por la magia de una cortina de voile que me permite observar con malicia sin ser visto. Los inocentes descienden por las dos únicas puertas. Me parece inverosímil que un auto tan pequeño pueda contener tanta gente, valijas y objetos.

Todos bajaron, pero ella no.  Ella no vino. Por un instante siento rencor. Mi tío, desde las alturas me levanta por el aire como si fuera un paquete de encomiendas. Lo detesto. Me deposita en el suelo. Mis primos desde una mediana altura bromean y me despeinan. Idiotas. Mi tía con sus enormes caderas oculta por completo el auto y no me deja ver. Gorda. Todos se ríen de mi estampa adusta y cuando me decido a insultarlos se abre una brecha entre la gorda y los idiotas y se materializa Isabel. Es más hermosa que la del recuerdo, mucho más. Más aún que la Isabel que entreví  desnuda el verano anterior gracias al artilugio de tirarme contra la lona en la carpa de al lado y provocar una grieta por donde espiarla cuando se cambiaba.

Isabel fue y es para mi la niña de la publicidad de Coppertone. Esa mujercita bronceada que por el atrevimiento de un perro muestra la oculta piel  con olor a tiempos dichosos. Si abriera ahora un frasco de ese bronceador no podría enfrentarme a tantos recuerdos agradables sin que los ojos se llenasen de lágrimas. Un mundo perdido se oculta como un genio demasiado bondadoso en el interior de esa botella. Leche de los sueños más felices, días de sol, días de apoyar la cabeza mojada por el mar sobre los pechos tibios de mi madre, días de enfrentar las olas como un dios y revolcarme en el calor de arena como un esclavo.

Isabel pasó a mi lado, casi sin verme. Un extraño malhumor arrugaba su cara. Preferí la ignorancia a que me tratara como a una criatura. Ella tenía quince años.

Entramos en la casa en tropel. Sinatra nos recibió desde el Ranser.

“Only fools go walking on thin ice, twice” (3)

La tarde continuó con el vértigo que tienen los días atípicos, cuando se alteran los horarios de lo cotidiano, se demora el almuerzo, claudica la siesta y el aire se tensa a punto de estallar una tormenta o un presagio.

Los preparativos de la cena de navidad provocaron aún más esa sensación de caos. Parecía que todos, salvo yo, tenían que cumplir con un rito ya preestablecido: unos a enfriar las bebidas, otros a buscar los fuegos artificiales y los cohetes, otros a comprar regalos de último momento, otros a comenzar a vestirse.

En un momento me di cuenta que estaba solo. Completamente solo.

La púa del tocadiscos había llegado al final y no podía escapar del surco que la tenía atrapada. Se me ocurrió que Sinatra, la gallina y yo éramos los únicos seres abandonados en la tierra. Decidí ir al gallinero. Al pasar junto a la puerta de la habitación de mi hermana, que por dos semanas sería la de Isabel, no pude resistir la tentación de mirar por la hendija de la puerta. Hubiera preferido no hacerlo. Una pantalla vertical, de apenas diez centímetros por la altura de la puerta, dejaba ver primero sus muslos, después su vientre y por último la garra de un hombre que la arrancaba de mi vista. En un segundo morí. Los parloteos de alguien me obligaron a esconderme dentro de la despensa como si yo fuera el culpable de semejante malicia.

A oscuras, con el corazón a punto de escaparse del cuerpo, en un habitáculo de cuatro baldosas de superficie, rodeado de remedios vencidos, objetos eléctricos imposibles de arreglar, fantasmas casi olvidados, soportando la mirada y la condena de JFK, santurrón de la clase media argentina, por fin sentí odio.

La mano de ese hombre. Alguien de la familia. Por más que repaso la imagen el tiempo la araña y la destruye a gran velocidad. Ya no hay nada, solo odio. Por fin llegó el odio. Era esto.

Abrí la puerta. Caminé como un autómata hasta el living. Me senté en mi triciclo debajo de la mesa de cedro y rogué sin saber cómo hacerlo por un castigo para todos.

“All it takes is simply sayin’ you’re wrong when you’re wrong.” (4)

 

24 de diciembre de 1966. 11.59 pm

Faltan un segundos para que den las doce. Todos se ponen de pie. El árbol de navidad tiene velas encendidas en cada una de sus ramas. Algo inesperado ocurre, las plumas toman fuego y todo empieza a arder. Tratan de apagarlo como pueden, el dragón se enoja, brinca y cae sobre la mesa.

Algo de mi inocencia se quema con él.

 

 

 

 

  • «Todo el mundo tiene el derecho a equivocarse al menos una vez «
  • “Es ingenuo el hacer creer que estas bien, no es tan astuto”
  • “Solo los tontos caminan dos veces en el hielo delgado”
  • “Todo lo que se necesita es simplemente decir que estas mal cuando estas mal”

 

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